martes, 18 de agosto de 2026

La VIRG! Entre el monte y Lanús

 La Virg! Entre el monte y Lanús es una biografía política que analiza la trayectoria de Virginia Caldez mediante la intersección de estudios de género, ecología política y la teoría del cuerpo-territorio. La obra explora cómo el espacio rural salteño opera como escenario de disciplinamiento, donde la masculinidad hegemónica se construye sobre el dominio de la naturaleza y la faena animal, mandato que la protagonista subvierte desde su infancia travesti mediante la autoafirmación estética y el rechazo a lo rural convencional. El texto conecta las desigualdades de clase en el acceso al agua con las dinámicas de despojo que afectan tanto al territorio como al cuerpo travesti, estableciendo un paralelismo entre la persecución policial y la degradación ecológica. A través de un itinerario migratorio que culmina en la conquista de derechos laborales en Lanús, la obra descentra la mirada metropolitana y concluye que la reparación histórica de las sobrevivientes travestis y la defensa del monte salteño son frentes convergentes de una misma lucha decolonial, reivindicando el derecho de cuerpos y territorios a existir más allá de la lógica de explotación y desecho.




Quiero recordar siempre a mi madre con una sonrisa que me hizo revolucionaria y fuerte feminista,
 a mi abuelo que me enseñó a ser noble ante la adversidad,
porque el murió siendo gaucho y jamás cuestionó mi homosexualidad;
 es más me apoyó y respetó.
Y a él nadie le enseñó nada porque en aquellos tiempos
hasta mí me costaba comprender lo que sentía.

 Todo lo que hoy soy es por ellos.

Hoy siento que vale la pe a ser trans.
Nadie debe hablar por nosotras.
Todas tenemos que armar un mundo
donde no tenga lugar la violencia
en todas sus formas
con nuestros pedacitos de historias.

Virginia Caldéz.


 Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Índice

 

APERTURA. 9

Objetivos, fundamentos, espacialidad e interlocutores. 11

1. Objetivos y fundamentos

2. Espacialidad: cartografía de un cuerpo-territorio

3. Interlocutores: presentación breve

LAS MATRIARCAS. 19

Pocha Escobar y Lohana Berkins: genealogía de una soberanía

Pocha Escobar: la matriarca sin archivo propio

Lohana Berkins: de Yacuiba a la teoría

Cierre: la herencia que Virginia reclama

INFANCIA Y TERRITORIO.. 27

El Crestón, Juana Farfán y la herencia doméstica

El Crestón

El Sunchal: la finca de los abuelos

Las tunas y los ucles: una estética propia construida al sol

El llanto por los animales

La grieta de clase

Juana Farfán: la herencia doméstica

La escuela y el mandato correctivo

La primera expulsión

METÁN Y EL PRIMER CUPO.. 34

La cronología política local y el umbral de la partida

El bautismo restringido: 2012

El cupo antes del cupo

Isa y la segunda expulsión

DE RED PUENTES AL CUPO EN LANÚS. 38

La reconstrucción

Red Puentes

La Mocha Celis

El cupo en Lanús

BOSQUES DE PALERMO, HOTEL GONDOLÍN.. 41

Transición y pérdidas

Los bosques de Palermo

El Hotel Gondolín

Las pérdidas

El fondo y el regreso

MILITANCIA ORGÁNICA. 45

La comunidad, Diana Sacayán y la alianza con el feminismo

Las que nombra

MTA y Diana Sacayán

La alianza con el feminismo

Referencias bibliográficas

EL REGRESO Y EL CUPO LABORAL. 50

Lanús, la Ley 27.636 y el reclamo de reparación histórica

Lo que cambia con un horario

La arquitectura legal del cupo

"No se trata de personas gay"

Reparación histórica

Una conquista reversible

EL ARCHIVO Y LA MÁQUINA. 54

La disputa por la narración de sí

Genealogía de un archivo

La ciudadela de la víctima, otra vez

Una instrucción dada dos veces

El límite de este libro

La bisagra

CIERRE. 59

El valor del encuentro: dos soberanías que se reconocen

El itinerario, otra vez

La soberanía travesti

La soberanía del monte

Dos personas, no una síntesis

Última palabra

APARTADO FINAL. 63

A. Cronología

B. Glosario teórico revisado

C. Bibliografía consolidada (APA, 7.ª ed.)

D. Mapa de la espacialidad

Pendientes antes de la versión definitiva. 77

 


 


 

 

PRÓLOGO

 


 

 


 

APERTURA

Objetivos, fundamentos, espacialidad e interlocutores

"Tantas veces hemos vuelto a empezar que ya hemos naturalizado el volver a empezar." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 17)

 

Este capítulo no narra todavía. Establece las condiciones bajo las cuales el relato que sigue puede narrarse sin traicionar lo que se propone. Tres movimientos lo organizan: primero, los objetivos del libro y los fundamentos teóricos y éticos que lo sostienen; segundo, la espacialidad como principio de organización del relato, antes que la cronología; tercero, una presentación breve de los interlocutores teóricos que van a acompañar —y, en varios puntos, a discutir con— la voz de Virginia a lo largo de los capítulos siguientes.

1. Objetivos y fundamentos

Este libro reconstruye la trayectoria política de Virginia Caldez —Tiara Virginia, travesti, trans, salteña, peronista, artista, trabajadora hoy de la Subsecretaría de Género y Diversidades de Lanús— organizada en torno al concepto de ciudadanía sexual. El término, acuñado en el campo académico latinoamericano por Cáceres, Frasca, Pecheny y Terto Júnior (2004) para nombrar la disputa por una pertenencia plena a la comunidad política que no exija, como condición de entrada, la renuncia al propio cuerpo ni a la propia sexualidad, describe con una precisión poco común el arco que atraviesa la vida de Virginia: exclusión familiar y expulsión temprana del sistema escolar; una economía de subsistencia sostenida en el trabajo sexual ante la ausencia de alternativas; tolerancia intermitente y condicionada por parte del Estado local; y, finalmente, el acceso a derechos sustantivos —salario, horario, obra social— bajo el amparo de dos leyes nacionales: la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743, 2012) y la Ley de Promoción del Acceso al Empleo Formal para Personas Travestis, Transexuales y Transgénero "Diana Sacayán — Lohana Berkins" (Ley 27.636, 2021). El objetivo de este libro es documentar ese arco desde adentro, con la voz de su protagonista como fuente primaria, y sostener al mismo tiempo —esto es decisivo— que el arco no se cierra: la propia Virginia reclama, en el corpus que da origen a este libro, una reparación histórica todavía pendiente para la generación de compañeras que no llegaron a cobrar ni un salario mínimo (Caldez, 2026, Audio 19).

 

Ese objetivo responde, a su vez, a un vacío específico en la bibliografía disponible. La etnografía fundacional del travestismo en la Argentina (Fernández, 2004) y la biografía de referencia del movimiento, dedicada a Lohana Berkins (Fernández, 2020), como también los informes producidos por la propia organización travesti-trans (Berkins, 2007; Berkins & Fernández, 2013), construyeron un archivo imprescindible pero geográficamente concentrado en Buenos Aires. Este libro se propone extender esa cartografía hacia el Noroeste argentino, documentando una trayectoria que nace en un barrio de la ciudad de Salta, se juega institucionalmente en un pueblo del interior —San José de Metán— y solo después migra hacia la centralidad porteña, para volver a migrar una y otra vez entre ambos extremos. Esa forma de ida y vuelta, ajena al relato lineal de la provinciana que "triunfa" en la Capital, es en sí misma un dato político que la bibliografía centrada en Buenos Aires no puede capturar.

 

Un segundo fundamento es de orden metodológico, y conviene explicitarlo antes de que el relato empiece, porque gobierna cada decisión de escritura que sigue. Quien escribe estas páginas no llega a la vida de Virginia como observador externo. La conoce desde hace años, primero en el marco de un trabajo de campo en el departamento de Anta y luego en una relación personal sostenida que excede largamente cualquier protocolo de entrevista. Esa posición no se caretea ni se disimula: se incorpora como dato. Gayatri Spivak (1988) advirtió, en un texto que sigue siendo ineludible, sobre el riesgo de que el intelectual que habla "por" el sujeto subalterno termine, en el mismo gesto, silenciándolo bajo su propia ventriloquía. Este libro no pretende haber resuelto ese riesgo —ninguna biografía escrita por otra persona puede resolverlo del todo—, pero sí adopta un método que busca mitigarlo: se construye a partir de audios que Virginia grabó ella misma, en primera persona, sabiendo que estaban destinados a un proyecto de documentación, y no de un cuestionario diseñado externamente. El corpus fuente nombra ese método "relacionalidad lateral": una producción de saber que no desciende de investigador a investigada, sino que se produce en el intercambio entre dos trayectorias que se reconocen, cada una a su manera, heridas por la misma Salta conservadora. El último capítulo de este libro vuelve sobre esa relación de manera explícita; aquí basta con dejar sentado que la asimetría entre biógrafo y biografiada no se resuelve en una síntesis armónica, sino que se sostiene, deliberadamente, como tensión abierta a lo largo de todo el texto.

 

El tercer fundamento es ético y, a la vez, es el que le da su forma estética al libro. En uno de los audios que integran el corpus, Virginia relata que le preguntó a una inteligencia artificial quién era, y que la respuesta la redujo a un listado de denuncias por acoso. Pidió que se removiera ese dato. Pidió que se dijeran "otras cosas bonitas" (Caldez, 2026, Audio 24). Esa escena, aparentemente menor, es en rigor la instrucción editorial más precisa que existe para este libro, formulada por la propia biografiada sin saber que la estaba formulando. Lara Bertolini (2023) ha llamado "ciudadela de la víctima" a la operación discursiva que reduce la vida travesti a la acumulación de agravios sufridos, convirtiendo el sufrimiento en el único dato legible de una biografía. Matías Máximo (2023), por su parte, ha mostrado la continuidad entre el archivo represivo estatal sobre las disidencias sexo-genéricas y las formas contemporáneas de clasificación algorítmica: el prontuario policial y la respuesta automatizada de un modelo de lenguaje no son, en ese sentido, tan distintos como parecen. Este libro se escribe explícitamente en contra de esa operación. No omite la persecución, la precariedad ni las pérdidas —sería una forma distinta, pero igualmente falsa, de silenciamiento—, pero se niega a organizar el relato exclusivamente alrededor de ellas. La condición de posibilidad de este libro es, en ese sentido, la misma que Virginia reclamó para sí: que se la cuente completa.

2. Espacialidad: cartografía de un cuerpo-territorio

Este libro no se organiza en primer lugar por la cronología, sino por el territorio. La decisión no es solamente formal. PJ DiPietro (2020) ha propuesto pensar el cuerpo travesti y trans como un cuerpo-territorio, configurado por desplazamientos geo-históricos sucesivos entre periferias y centros que nunca terminan de fijarlo en un solo lugar; Rita Segato (2016), desde una perspectiva próxima, ha mostrado cómo los cuerpos feminizados funcionan, bajo condiciones de despojo patriarcal-colonial, como una superficie donde se inscriben las mismas disputas que se libran sobre la tierra. Siguiendo ambas líneas, este libro sostiene que la trayectoria de Virginia solo se entiende cabalmente si se la lee como un itinerario entre cinco territorios, cada uno con una función narrativa propia, y que ese itinerario —antes que una curva de progreso— es un movimiento iterativo, un volver a empezar inscripto en el mapa tanto como en el tiempo.

 

El Crestón, barrio de la ciudad de Metán en la provincia de Salta, es el territorio de origen: el lugar donde Virginia se nombra por primera vez, en el primer audio del corpus, con el mismo tono con que nombra su barrio, su signo y su vocación política —sin jerarquizar entre esos datos (Caldez, 2026, Audio 1). Es el punto cero del mapa, anterior a cualquier desplazamiento.

 

San José de Metán, pueblo del interior salteño, es el territorio de la primera inscripción institucional y, con ella, de la primera lección política del libro: que el reconocimiento de una travesti por parte del Estado local puede depender, en ausencia de una ley que lo garantice, de la voluntad discrecional de una gestión municipal. La secuencia se repite dos veces en el corpus con distintos protagonistas — el entonces licenciado Fernando Romeri, luego el intendente Isa (Caldez, 2026, Audios 2 y 5)— y esa repetición es, en sí misma, el dato: lo que en Buenos Aires empieza a ser, con la sanción de la Ley 27.636, un derecho exigible, en Metán sigue siendo, durante buena parte de la trayectoria narrada, una concesión revocable. Norbert Elias y John Scotson (1994[1965]) describieron, en un registro sociológico distinto pero pertinente, cómo las comunidades pequeñas producen y sostienen jerarquías de pertenencia —establecidos y forasteros— que la sola proximidad física no disuelve; el pueblo, en ese sentido, no es un espacio más chico que la ciudad, sino un espacio donde los mecanismos de exclusión operan con menos mediaciones.

 

Buenos Aires, en el relato de Virginia, no es un solo territorio sino varios superpuestos: los bosques de Palermo y el circuito conocido en esos “tiempos de oro” aludido en la voz de Virgi, el Hotel Gondolín, la "zona roja liberada" de la que habla en el corpus (Caldez, 2026, Audios 3 y 4). Es el territorio de la economía de subsistencia, donde el cuerpo mismo —ante la ausencia de cualquier cupo laboral— se convierte en la única moneda de acceso disponible. Leído junto con Segato (2016), este tramo del itinerario puede entenderse como la forma extrema de lo que ocurre cuando un cuerpo-territorio queda por completo por fuera de cualquier protección estatal: el despojo que en otros contextos se ejerce sobre la tierra se ejerce aquí sobre el cuerpo.

 

Los Pozos, paraje rural del departamento de Anta, ocupa en este mapa un lugar distinto al de los otros cuatro: no es, en el corpus disponible, un territorio de la trayectoria biográfica de Virginia, sino el territorio donde comienza la relación de investigación que hace posible este libro. Se incluye aquí, en el capítulo de apertura, porque su sola presencia en el mapa advierte contra una lectura excesivamente urbana de la ciudadanía sexual: el reclamo de Virginia por una vida travesti digna y el reclamo, más amplio, por la soberanía del interior rural salteño frente a un ordenamiento territorial que sigue siendo colonial en sus efectos, son —como retoma el cierre de este libro— dos frentes de una misma disputa por el derecho a decidir sobre el propio territorio, sea ese territorio un cuerpo o sea un monte.

 

Lanús, finalmente, es el territorio del presente narrativo del libro: el lugar donde el cupo laboral trans, sostenido por la Ley 27.636, dejó de ser una ley en el papel para convertirse, en palabras de Virginia, en una rutina —dormir de noche, vivir de día, tener un horario que cumplir (Caldez, 2026, Audio 19). Es el único de los cinco territorios donde la ciudadanía sexual, tal como la definen Cáceres et al. (2004), alcanza una forma sustantiva y no solo formal. El libro no lo trata, sin embargo, como un punto de llegada definitivo: la propia Virginia advierte que ese logro puede revertirse por decisión de "este pseudointendente, este pseudo presidente" (Caldez, 2026, Audio 12), de modo que Lanús cierra el mapa no como una resolución sino como una conquista que exige, para sostenerse, la misma lucha que la produjo.

3. Interlocutores: presentación breve

Los capítulos siguientes ponen la voz de Virginia en diálogo extenso con un conjunto de interlocutores teóricos. Este apartado los presenta brevemente, en el orden en que resultan más pertinentes para la arquitectura del libro; su desarrollo exhaustivo corresponde a los capítulos donde cada uno se pone efectivamente a trabajar sobre un fragmento del corpus testimonial.

 

Josefina Fernández (2004, 2020) aporta el precedente etnográfico y biográfico ineludible: su estudio pionero sobre el travestismo en la Argentina y su biografía de Lohana Berkins establecen que la vida travesti es un objeto legítimo de indagación biográfica rigurosa, no un anexo curioso de otras historias. Lohana Berkins (2007), junto con el informe que coordinó con la propia Fernández (Berkins & Fernández, 2013), ofrece el contrapunto cuantitativo y colectivo frente al cual leer el caso singular de Virginia: la magnitud nacional de la precariedad que su historia individual documenta en detalle.

 

PJ DiPietro (2020) y Rita Segato (2016) proveen el marco conceptual del cuerpo-territorio que organiza la sección anterior, y que va a reaparecer en el capítulo de cierre para argumentar el vínculo entre la lucha travesti y la lucha por la tierra. Lara Bertolini (2023) y Matías Máximo (2023) sostienen el compromiso ético del libro contra la reducción de Virginia a un archivo de persecuciones, el primero desde la crítica de la "ciudadela de la víctima" y el segundo desde la genealogía del archivo represivo sobre las disidencias sexo-genéricas.

 

Norbert Elias y John Scotson (1994[1965]) prestan una herramienta sociológica precisa para leer la dinámica de inclusión y exclusión a escala de pueblo, particularmente útil para el capítulo dedicado a Metán. Cáceres, Frasca, Pecheny y Terto Júnior (2004) aportan el concepto que da nombre y unidad al proyecto entero: la ciudadanía sexual como horizonte todavía en disputa. James Scott (1990) ofrece una lente para leer los fragmentos más breves y aparentemente menores del corpus —las bromas, las correcciones, los pedidos de no ser desviada del tema— como transcripciones ocultas de una población subalterna que administra, incluso en la intimidad de un audio de WhatsApp, lo que puede y lo que no puede decirse. Y Gayatri Spivak (1988), como ya se adelantó, funciona menos como fuente de una tesis puntual que como advertencia metodológica constante: el recordatorio de que ninguna biografía escrita por otra persona deja de correr el riesgo de hablar en lugar de, incluso cuando se propone, como este libro, hablar junto a.

 

Con estos fundamentos, esta espacialidad y estos interlocutores establecidos, el libro puede empezar a narrar.

 


 

LAS MATRIARCAS

Pocha Escobar y Lohana Berkins: genealogía de una soberanía

"No vengo a esta universidad a dar testimonio, yo vengo a discutir teoría." — Lohana Berkins (en Wayar, 2018; Notas, 2021)

 

Virginia se nombra a sí misma "la cola de esa generación" (Caldez, 2026, Audio 17): no vivió la persecución de la dictadura, dice, pero es depositaria de su memoria. Ese vínculo de herencia —declarado, no impuesto por quien escribe este libro— exige un capítulo propio antes de que la biografía de Virginia pueda narrarse. Sin la genealogía que va de Pocha Escobar a Lohana Berkins, el reclamo de Virginia por una "reparación histórica en vida" carece de la profundidad temporal que le da sentido. Este capítulo la reconstruye.

 

Una advertencia de método, antes de empezar. El corpus de trabajo que precede a este libro ya contenía una semblanza de ambas mujeres, escrita en una etapa anterior del proyecto. Ese borrador ha sido revisado aquí contra el registro documental y académico disponible: prensa, archivo académico, entrevistas publicadas y el propio corpus de informes producidos por el movimiento travesti-trans argentino. El resultado de ese cotejo no es uniforme. Sobre Lohana Berkins existe un archivo abundante —prensa nacional, entrevistas registradas, biografía publicada, jurisprudencia— que permite corregir con precisión varios datos del borrador original. Sobre Pocha Escobar el archivo escrito es, en cambio, escaso y disperso, recuperable sobre todo a través de menciones indirectas en fuentes dedicadas a Berkins y de un puñado de trabajos académicos y periodísticos recientes que reconstruyen la memoria travesti salteña. Esa asimetría no es un defecto de esta investigación: es, en sí misma, un dato político que el capítulo asume como objeto, no solo como límite.

Pocha Escobar: la matriarca sin archivo propio

Bajo el nombre artístico de Daysi La Mar, Pocha Escobar fue una referente central de la primera generación travesti organizada en la ciudad de Salta, activa al menos desde comienzos de la década de 1980. Su presencia queda documentada en una fotografía de archivo —Archivo y Memoria LGBTIG Salta, Fondo G. Pardo, datada en esa década— que la muestra junto a una joven Lohana Berkins y a otras compañeras, varias de ellas ya fallecidas al día de hoy (Gil, 2020). Es, hasta donde permite establecer la evidencia disponible, el registro fotográfico más temprano que sitúa a ambas mujeres en el mismo espacio.

 

El testimonio más vívido sobre su figura no proviene, sin embargo, de un texto académico sino del prólogo que el periodista Cristian Alarcón escribió para Cumbia, copeteo y lágrimas (Berkins, 2007), el informe nacional que Lohana Berkins dedicó, en su propia dedicatoria, "a mi amiga Pocha Escobar" (Scribd, 2008). Alarcón describe una casa donde las travestis jóvenes llegaban de madrugada, y a Pocha como una mujer de presencia fuerte que leía las cartas a la clase media salteña, vestida con blusas de corte guayabera que le daban un aire de médica centroamericana. Esa descripción —anterior a cualquier reconstrucción posterior del corpus de este proyecto— confirma independientemente el núcleo del relato que ya circulaba en el material de trabajo: la casa de Pocha como espacio de acogida y sostén para adolescentes travestis expulsadas de sus hogares biológicos, incluida, según todo indica, la propia Lohana Berkins en su tránsito por Salta capital antes de migrar a Buenos Aires.

 

Pocha —bajo su nombre artístico, Daysi La Mar— está además asociada a la fundación de Los Caballeros de la Noche, la comparsa travesti más antigua y persistente del carnaval salteño, y su nombre quedó unido a esa agrupación incluso después de una escisión posterior que dio lugar a un segundo conjunto, Moonlight, encabezado por otra fundadora, Mary Robles (El Tribuno, 2022). Sobre el origen de esa comparsa, la propia Robles ofrece un testimonio de primera mano, recogido tanto en una entrevista periodística (Robles, 2014) como en el trabajo de campo de la investigadora Natalia Gil (2020), que merece citarse porque corrige y a la vez confirma parcialmente lo que el borrador original de este proyecto ya intuía: que la comparsa no nació con el nombre que hoy lleva, sino que fue rebautizada tras una prohibición. Según ese testimonio, la agrupación original —activa desde antes de 1977 bajo el nombre Arde París— fue prohibida ese mismo año, y solo pudo reconstituirse, ya bajo el nombre de Los Caballeros de la Noche, con el regreso de la democracia en 1983-1984 (Robles, 2014, en Gil, 2020). El año de la prohibición coincide con el inicio de la gobernación de facto de Roberto Augusto Ulloa, interventor militar de Salta entre abril de 1977 y 1983, posteriormente investigado por su responsabilidad en desapariciones forzadas ocurridas durante su gestión (El Tribuno, 2020). Esa coincidencia temporal es sugerente y consistente con el carácter represivo documentado de ese gobierno, pero las fuentes consultadas para este capítulo no permiten atribuirle a Ulloa, de manera nominal y directa, la orden de prohibición de la comparsa; esa atribución específica —presente en el borrador original— debe consignarse, por ahora, como tradición oral no confirmada por escrito, y no como hecho establecido.

 

Otros detalles del borrador original —el lugar preciso de nacimiento de Pocha en una localidad llamada Yrigoyen, la dirección de su casa en la calle Juan Fernández del barrio Independencia, el sistema de administración colectiva mediante un cuaderno de almacenero y aportes diarios ("la diaria")— no han podido verificarse de manera independiente con las fuentes consultadas para este capítulo. Es enteramente posible que sean ciertos: pertenecen exactamente al tipo de detalle que la memoria oral de una comunidad conserva y que el archivo escrito, estructuralmente, no recoge para figuras como Pocha del mismo modo en que sí lo hace para figuras como Berkins. Antes de fijarlos como hecho verificado en la versión final de este libro, se recomienda contrastarlos con fuentes orales directas —la cátedra de Género y Disidencias "Lohana Berkins" de la Universidad Nacional de Salta, el Archivo y Memoria LGBTIG Salta, o compañeras sobrevivientes de esa generación— antes que con nuevas búsquedas documentales, que probablemente no las contengan.

 

Pocha Escobar —Daysi La Mar— murió en 1998 (El Tribuno, 2022). La fotografía de tapa de Cumbia, copeteo y lágrimas es, según se consigna en esa misma edición, un homenaje a su memoria, tomada del archivo privado de Lohana Berkins.

Lohana Berkins: de Yacuiba a la teoría

Sobre Lohana Berkins el archivo es, por contraste, abundante, y permite una reconstrucción mucho más precisa —y en algún punto, más interesante que la que ofrecía el borrador original—.

 

La prensa salteña y nacional repite, de manera casi uniforme, que Berkins nació el 15 de junio de 1965 en Salvador Mazza (Pocitos), Salta, en una familia numerosa de trece hermanos (El Tribuno, 2023). La literatura académica más reciente, sin embargo, precisa el dato de otro modo: Berkins nació en Yacuiba, del lado boliviano de la frontera, y transcurrió su infancia en Salvador Mazza, la ciudad salteña situada exactamente en el límite con Bolivia (Gil, 2020). Lejos de tratarse de una corrección menor, esa precisión ilumina algo central en la propia autodefinición de Berkins, que se describía como "salteña, negra, gorda, periférica, de origen boliviano" (Agencia Presentes, 2018) y que Josefina Fernández retrató, en el título mismo de su biografía, como una "combatiente de frontera" (Fernández, 2020). La frontera no es aquí una metáfora: es el dato biográfico exacto de su nacimiento.

 

Expulsada de su casa por su padre alrededor de los trece años, Berkins migró primero a la ciudad de Salta y luego a Buenos Aires, donde —como la gran mayoría de las travestis de su generación, según documentan los propios informes que ella misma coordinaría años después— sostuvo su subsistencia mediante el trabajo sexual bajo condiciones de persecución policial sistemática, en el marco de los edictos contravencionales vigentes durante y después de la dictadura (Gil, 2020; Fernández, 2004).

 

En 1994 fundó la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT), que presidió hasta su muerte, y participó ese mismo año en la fundación de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) (biografia.org, s.f.). El 21 de noviembre de 2006 —no en 2007, como consignaba el borrador previo de este proyecto— la Corte Suprema de Justicia de la Nación reconoció a ALITT el derecho a la personería jurídica, revirtiendo años de denegación por parte de la Inspección General de Justicia (Página/12, 2006). Sobre ese proceso, Berkins describió con precisión la desproporción del esfuerzo exigido: tuvieron, dijo, que hacer "infinitos esfuerzos" para que el Estado las mirara "como normales" (Fernández, 2020, citada en Palabras del Derecho, 2023).

 

Entre 1998 y 2002 se desempeñó como asesora del legislador porteño Patricio Echegaray, del Partido Comunista, convirtiéndose así en la primera travesti argentina con un empleo formal en el Estado; más tarde asesoró también a la legisladora Diana Maffía en temas de derechos humanos, niñez e infancia (Rebelión, 2016). En 2002 protagonizó, además, una de sus batallas institucionales más citadas: se inscribió en la Escuela Normal N.º 3 para formarse como maestra, y ante la negativa a hacerlo bajo su nombre elegido, presentó una denuncia ante la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, que ordenó a la institución respetar su identidad (buenosairesinclusiva.com.ar, 2021). En 2001 fue candidata a diputada nacional. En 2008 impulsó la creación de la cooperativa textil Nadia Echazú, la primera experiencia de trabajo cooperativo travesti-trans del país; en 2009 logró la sanción, en la Legislatura porteña, de la Ley N.º 3062 de respeto a la identidad adoptada por personas travestis y transexuales; y en 2010 conformó el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género, alianza de más de quince organizaciones que impulsó la sanción de la Ley 26.743 en 2012 (Rebelión, 2016).

 

Junto con Josefina Fernández coordinó las dos primeras investigaciones empíricas de alcance nacional sobre la situación socioeconómica de la comunidad travesti-trans en la Argentina: La gesta del nombre propio (Berkins & Fernández, 2013 [2005]) y Cumbia, copeteo y lágrimas (Berkins, 2007). El primero de esos informes documentó que el 73% de las travestis y trans encuestadas no había completado la escolaridad obligatoria; el segundo confirmó que la prostitución seguía siendo, para la enorme mayoría, la única alternativa de subsistencia disponible (Gil, 2020, con base en Berkins, 2007).

 

Conocida como "la travestiarca" o "la comandanta de las mariposas" (Infobae, 2025; Cuarto, 2021), Berkins pronunció, en más de una ocasión y ante públicos distintos —Naciones Unidas, universidades estadounidenses— una frase que hoy circula en variantes ligeramente distintas pero siempre reconocibles: que no era Rigoberta Menchú, que no venía a dar testimonio sino a hacer o discutir teoría (Wayar, 2018, citada en Pasavento, 2022; Notas, 2021; Página/12, 2016). Esa variabilidad textual —lejos de restarle valor a la cita— es consistente con lo que fue: una intervención repetida y refinada en distintos escenarios, no una frase fijada una sola vez.

 

Murió el 5 de febrero de 2016, en Buenos Aires. Dictó su última carta a través de su compañera Marlene Wayar, dado que su estado de salud ya no le permitía reunirse en persona con sus compañeras; la carta cierra con una frase que se convirtió en consigna del movimiento travesti-trans argentino: "el amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo" (Página/12, 2016).

Cierre: la herencia que Virginia reclama

Pocha Escobar y Lohana Berkins encarnan, cada una a su modo, los dos extremos de una misma disputa que este libro sostiene como columna vertebral: la disputa por el archivo. Berkins murió documentada, citada, biografiada, con jurisprudencia a su nombre y una ley nacional que, cinco años después de su muerte, llevaría el suyo junto al de Diana Sacayán. Pocha murió, en cambio, sostenida casi enteramente por la memoria oral de quienes la conocieron, con apenas una fotografía de tapa y un párrafo de prólogo como huella escrita perdurable. Que una figura como Pocha —matriarca de una casa que sostuvo materialmente a generaciones de travestis salteñas, entre ellas probablemente a la propia Berkins— haya dejado un archivo tan pobre comparado con el de su "hija más exitosa" no es casualidad biográfica: es exactamente el mecanismo que Virginia denuncia, setenta años después y con otras palabras, cuando pide que no se la reduzca a lo que una máquina decide guardar de ella (Caldez, 2026, Audio 24).

 

Esa es la herencia que Virginia reclama cuando se nombra "la cola de esa generación" y exige reparación histórica "ya", en vida, para las compañeras que todavía quedan (Caldez, 2026, Audio 17 y 19). No reclama solamente un salario retroactivo. Reclama, también, no terminar como Pocha: sostenida por el cariño de quienes la conocieron, pero ausente del registro. El capítulo siguiente retoma el hilo en El Crestón, donde empieza, en sentido estricto, la vida de Virginia.

 

 


 

INFANCIA Y TERRITORIO

El Crestón, Juana Farfán y la herencia doméstica

"Juana amaba que yo haga las cosas. Ella me hizo trans." — Virginia Caldez (Pequeño Ragone, 2025)

 

Antes del barrio metanense El Crestón, antes de cualquier cupo laboral, hay un monte. Este capítulo narra la infancia de Virginia en dos territorios superpuestos —el barrio de la ciudad  salteña donde se nombra a sí misma, y la finca de sus abuelos maternos, donde en rigor se crió— hasta el punto en que ambos se rompen con la primera de las expulsiones que jalonan su biografía: no todavía la de un intendente, sino la del propio hogar.

 

El Crestón

Virginia se presenta, en el primer audio del corpus de 2026, como del barrio El Crestón, en la ciudad de Salta (Caldez, 2026, Audio 1). Ese barrio urbano es el territorio con el que Virginia elige identificarse en el momento de nombrarse políticamente, cuarenta años después de nacida. La elección no es menor: entre el arraigo rural de la infancia y la pertenencia urbana declarada en la adultez militante, media toda la distancia que este capítulo se propone recorrer.

El Sunchal: la finca de los abuelos

La infancia de Virginia transcurrió, en una porción sustancial, en la finca El Sunchal, en la misma región que la finca de Los Pozos, próximas al Parque Nacional El Rey; bajo el cuidado de sus abuelos maternos. Ahí, el mandato de género tomó la forma concreta del trabajo rural: el abuelo esperaba de Virginia —entonces todavía nombrada en masculino por su familia— la destreza del gaucho: el caballo, el lazo, el campeo del ganado. Virginia se retiró de ese mandato de manera temprana y explícita. En una conversación de WhatsApp del 28 de mayo de 2025, recogida y editada por quien escribe estas páginas en su blog personal, Virginia lo recuerda así: a los diez, once años, dice, ya no quería salir con su abuelo al campo, ya no quería caballo, ya no quería lazo; quería casa, quería cocinar (Pequeño Ragone, 2025). Ese repliegue de las tareas masculinas del campo hacia el espacio doméstico y feminizado de la cocina no fue una derrota sino una elección sostenida por una alianza: la de su abuela, Juana Farfán, que —según la misma conversación— defendía activamente ese repliegue frente al abuelo ("no te lo lleves al gordo, el gordo es de la casa").

Las tunas y los ucles: una estética propia construida al sol

La infancia de Virginia en El Sunchal no se recuerda solamente en tareas y mandatos: se recuerda también en el cuerpo, en el clima y en el gusto. "¡No, no me olvido de las tunas!", dice, evocando la picazón —la "enjanada"— que le quedaba en las manos y en la boca por comer, ansiosa, seis tunas calientes de sol seguidas y volver enseguida a rascarse (Pequeño Ragone, 2025). Esa misma memoria del monte contiene el primer gesto estético que Virginia relata de sí misma: cortaba cinco o seis ucles —una variedad de tuna de pulpa morada— y usaba su jugo, frente a un espejo, para pintarse los labios antes de las fiestas de carnaval. La descubrieron una vez así, pintándose: "panzón atrevido, ututo", la retaron, con ese registro de cariño áspero y regional que combina el reto con el diminutivo.

 

No hay, en esa escena, ningún espejo de farmacia ni ningún producto comprado: hay una fruta del propio patio convertida en cosmético, y una nena que ya sabía, antes de tener ningún vocabulario para nombrarlo, que quería pintarse la boca. Es una escena pequeña, pero es también, en los términos más simples posibles, el primer acto de autoafirmación estética de Virginia que este libro puede documentar con sus propias palabras: no llegó de la ciudad, no llegó de ninguna teoría; llegó del monte, con las manos manchadas de morado.

El llanto por los animales

En El Sunchal, además de aprender —y de resistirse a aprender— las tareas del gaucho, Virginia presenció la faena de los animales de la finca. Su reacción, dice, era siempre la misma: el llanto. "Cuando le meten el cuchillo... yo empezaba a gritar: 'ay, no, pobrecito'", recuerda (Pequeño Ragone, 2025). No era una reacción genérica ante la muerte animal: Virginia conocía a las vacas una por una, las contaba, les ponía nombres —"la carita pintadita", "la rosadita"— y, cuando sabía que alguna de ellas iba a ser faenada, se lo preguntaba directamente a su padre. Por ese llanto la retaban: "por traumadas nos retaban", dice, generalizando su propia experiencia infantil a la de otras niñeces igual de sensibles.

 

Ese llanto por los animales de la finca no es un dato anecdótico menor en la biografía de Virginia: es, junto con el rechazo del caballo y el lazo, otra forma temprana del mismo gesto. Donde el mandato rural exigía insensibilidad —ante el trabajo físico, ante la muerte del ganado, ante el propio cuerpo—, Virginia respondía con apego, con nombre propio para cada animal, con lágrimas que su familia leía como un defecto a corregir y que, releídas hoy, se parecen más bien a la misma capacidad de vínculo y de cuidado que después va a sostener, ya adulta, su vocación por "el más necesitado" (Caldez, 2026, Audio 1) y por sus compañeras trans mayores.

La grieta de clase

Hay un dato de esa infancia que involucra directamente a quien escribe este libro, y que no puede narrarse en tercera persona sin faltar a la honestidad que este proyecto se propuso desde su capítulo de apertura. Virginia recuerda con precisión la diferencia de clase entre su familia y la mía: "nosotros éramos pobres y vos eras clase media, de esos hacendados famosos", me dijo. La diferencia no era abstracta: se medía en cómo llegaba el agua. A la finca de mi familia la llevaban en tanques, en tractor. A la de la suya la llevaban a caballo, con dos tachos sobre el lomo del animal y, además, con tarros que había que cargar a mano (Pequeño Ragone, 2025).

 

No hay forma de escribir el resto de este libro —ni el capítulo sobre el vínculo entre ambos que cierra la biografía— sin dejar esa frase en el lugar exacto donde Virginia la puso: al principio, en la infancia, antes de cualquier militancia o cualquier teoría compartida. La misma Salta que nos volvió, más tarde, interlocutores, nos puso primero en lados distintos de una grieta que no es metafórica sino hídrica, literal, medida en tanques contra tarros. Ese desnivel de origen no se disuelve por la amistad posterior; se sostiene, deliberadamente, como una asimetría que este libro no va a resolver en una síntesis cómoda.

Juana Farfán: la herencia doméstica

Si hay una figura fundacional en la infancia de Virginia, es su abuela materna, Juana Farfán, nacida en 1933 y entrevistada en Metán directamente por quien escribe este libro desde la finca Los Pozos, el 14 de noviembre de 2022 (Farfán de Caldez, 2022). Juana no solamente toleró el apartamiento de su nieta de las tareas masculinas del campo: lo propició activamente, enseñándole las labores domésticas —barrer, amasar, cocinar— y validando, sin reservas ni condiciones, la identidad que Virginia empezaba a habitar. La propia Virginia lo resume en una sola frase, que funciona como epígrafe de este capítulo: "Juana amaba que yo haga las cosas. Ella me hizo trans" (Pequeño Ragone, 2025).

 

Esa función protectora guarda un paralelismo llamativo con la de Pocha Escobar, la matriarca travesti de Salta capital estudiada en el capítulo anterior: en ambos casos, una mujer mayor sostiene, valida y cría a una travesti joven a la que su propia familia expulsa o violenta. La diferencia es que Pocha ejercía esa función desde una casa organizada específicamente para recibir niñeces travestis expulsadas de otros hogares, mientras que Juana la ejerció desde adentro del propio hogar biológico, sin dejar por eso de operar, en los términos que el corpus de este proyecto ya intuía al citar a Berkins (2007), como una auténtica familia de inclusión anterior a cualquier migración a la ciudad.

 

Esa función protectora se extendía, además, al terreno del lenguaje. Juana Farfán hablaba con un vocabulario de monte —"miche" o "cuche" por gato, "tulpo" por una suerte de mazamorra, "almueda" por almohada— que Virginia, ya adulta y con más tránsito urbano, llegó a corregir. La respuesta de su abuela, recogida en la misma conversación de 2025, fue una negativa rotunda a ser corregida: "a mí no me vas a venir a corregir. Yo hablo así y hablo así. Usted habla como habla en la ciudad" (Pequeño Ragone, 2025). Esa defensa del propio dialecto frente a la corrección de la propia nieta —ya instalada, para entonces, en los códigos de la ciudad— es en sí misma una lección de soberanía que antecede en muchos años a cualquier categoría académica sobre el tema: Juana no necesitó ninguna teoría para sostener que su lengua no estaba equivocada.

La escuela y el mandato correctivo

El mandato de género que Virginia esquivó en el campo la alcanzó también, de otra forma, en el ámbito escolar. Según su propio relato, su madre la envió a un colegio de educación técnica industrial con la intención explícita de "enderezarla" (Pequeño Ragone, 2025, sobre la entrevista de 2022 en Los Pozos). Ese intento correctivo —enviar a un niño percibido como afeminado a un circuito educativo asociado tradicionalmente a la masculinidad técnica y manual— es un patrón documentado en otras biografías travestis salteñas: Josefina Fernández (2004) registra, en Cuerpos desobedientes, el testimonio de un joven salteño enviado por su padre a vestirse y comportarse como gaucho contra su voluntad, en un episodio que el propio testimonio bautiza, con la misma ironía que emplea Virginia para referirse a su breve paso por una doma criolla ya de adulta, como un "gaucho refashion". La coincidencia de vocabulario entre el testimonio recogido por Fernández en 2004 y el que Virginia ofrece dos décadas después ilumina la trayectoria generalizada de las travestis campesinas en el norte argentino.

 

La primera expulsión

Junto al amparo de Juana Farfán en El Sunchal, existió otro hogar: el de los padres de Virginia, donde la violencia fue, por su propio relato, sistemática. En sus palabras: "en mi casa era el martirio porque mi mamá era homofóbica... mi mamá era re que te daba ganzazos, golpes, cachetazos, rameada" (Pequeño Ragone, 2025). Frente a esa violencia, el campo de los abuelos —pese al mandato de género que también regía ahí— funcionó como el único refugio disponible: "tenía una infancia muy linda en el campo, muy linda", dice Virginia de esos años, en el mismo aliento en que describe el martirio de la casa materna.

 

De ese hogar, en algún momento no preciso de su infancia o adolescencia, Virginia fue expulsada. Es la primera de las expulsiones que estructuran su biografía —anterior, en la cronología de su vida, a la que protagonizaría años después el intendente que le retiró su primer empleo municipal, y de naturaleza completamente distinta: no una decisión administrativa sino una ruptura familiar. El corpus de este libro no cuenta, por ahora, con el detalle preciso de esa expulsión —ni la edad exacta de Virginia, ni las circunstancias inmediatas que la precipitaron—, y este capítulo no va a inventarlos. Se deja consignado aquí únicamente lo que puede sostenerse: que existió, que fue la primera, y que marca el final de la infancia relatada en este capítulo y el comienzo de la vida adulta e itinerante que ocupa los capítulos siguientes.

 

 


 


 

METÁN Y EL PRIMER CUPO

La cronología política local y el umbral de la partida

"Vengo de un pueblo precisamente de San José de Metán." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 7)

 

Después de la primera expulsión —la del hogar familiar, narrada en el capítulo anterior sin fecha precisa porque el corpus disponible no la tiene—, el registro documental de la vida de Virginia reaparece en un lugar preciso y con una fecha exacta: Metán, 2012, frente al mostrador del Registro Civil.

El bautismo restringido: 2012

Cuando en mayo de ese año entró en vigencia la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743, 2012), Virginia inició el trámite para adecuar su documento nacional de identidad. Quería llamarse Tiara Tania Paola, o Virginia Paola, en homenaje a La Usurpadora, la telenovela mexicana. El Registro Civil local le opuso una restricción tan burocrática como reveladora: una lista cerrada de nombres, no más de diez, entre los cuales no figuraban ni Paola ni Tania. "Había una lista de nombres y no eran más de diez nombres... y en ellos no estaban ni Paola ni Tania... estaban Tiara, Virginia, Teresa, Francisca", recuerda (Caldez, 2022). Terminó llamándose, por imposición administrativa antes que por elección propia, Tiara Virginia.

 

El episodio ilustra con precisión un límite que la teoría sobre la ciudadanía sexual ya había anticipado en el capítulo de apertura de este libro: una ley nacional puede consagrar en el papel el derecho a la autopercepción del propio nombre, y sin embargo la burocracia provincial encargada de aplicarla puede seguir administrando ese derecho como un permiso tutelado, dentro de un listado que alguien más decidió de antemano. Berkins y Fernández (2013) llamaron a esa disputa "la gesta del nombre propio"; en Metán, en 2012, esa gesta se libró contra un listado de diez nombres posibles.

El cupo antes del cupo

Años después de ese trámite —"nos remontamos a 10, 12, 11 años atrás", calcula Virginia desde el presente de 2026 (Caldez, 2026, Audio 2)—, cuando todavía no existía ninguna ley de cupo laboral trans en ningún nivel del Estado, el municipio de Metán le dio a Virginia una oportunidad: un puesto administrativo, conseguido "de un día para el otro", bajo la gestión del entonces intendente, licenciado Fernando Romeri (Caldez, 2026, Audios 2 y 5). No fue un derecho conquistado por ley: fue, en los términos que este libro ya adoptó en su capítulo de apertura, una tolerancia discrecional antes que una ciudadanía sustantiva —un permiso que un intendente podía dar exactamente en la misma medida en que el siguiente podía quitarlo.

 

Ese puesto duró varios años. La entrevista realizada a Virginia en el paraje de Los Pozos el 7 de febrero de 2022 la encuentra todavía trabajando en el municipio de Metán, con una confianza que en ese momento parecía razonable: la de que un arraigo feliz en el propio pueblo era posible (Caldez, 2022). No hay en ese testimonio ninguna señal de que el final estuviera cerca.

Isa y la segunda expulsión

El final llegó, sin embargo, con el siguiente cambio de gestión. "Resistí cuando entró en otro mandato el señor Isa. El señor Isa me corre", relata Virginia (Caldez, 2026, Audio 5). Fue, en la cronología completa de las expulsiones que estructuran esta biografía, la segunda: la primera había sido el desalojo del hogar, en la infancia; esta segunda tuvo lugar ya en la vida adulta de Virginia, y no fue una ruptura familiar sino una decisión administrativa, tomada por un intendente que no había sido quien le dio el puesto y que no tenía, por lo tanto, ningún compromiso personal en sostenerlo. Ahí queda expuesta, con crudeza, la fragilidad de todo lo que en Metán se llamaba inclusión: dependía enteramente de quién ocupara la intendencia, no de ninguna ley que obligara a sostenerla más allá del humor político de cada gestión.

 

Frente a la pérdida del puesto, Virginia describe la misma disyuntiva reducida que ya había enfrentado antes, en otros términos, y que resume el abanico real de opciones disponibles para una travesti sin cupo en un pueblo del interior salteño: "o verdulera, o si sos peluquera, si has hecho un curso, si sabes algo de enfermería... no hay otra. Sí o sí tenés que empezar desde abajo, vender, y si te gusta, ruta 34" (Caldez, 2026, Audio 2). Y, en el relato específico de esta segunda expulsión: "o soy prostituta, vuelvo a la droga, vuelvo al alcohol, vuelvo a la violencia en todas sus formas, todo lo que esta zona te ofrece. O busco un puesto laboral" (Caldez, 2026, Audio 5). Sabía, porque ya lo había vivido antes, exactamente lo que cada una de esas dos rutas significaba.

 

Eligió la segunda. Y como en Metán no se ejecutaba ningún cupo laboral trans que pudiera sostener esa elección, la respuesta solo podía encontrarse en otro lugar. Fue su segundo exilio a Buenos Aires —el primero, narrado en un capítulo aparte, había sido el de su temprana migración a los bosques de Palermo y al Hotel Gondolín, antes de que existiera ningún puesto municipal que perder—. Esta vez, sin embargo, Virginia ya no era la misma que había llegado la primera vez. Ahí, en ese punto exacto, termina este capítulo y empieza el siguiente.

 


 

DE RED PUENTES AL CUPO EN LANÚS

La reconstrucción

"Nadie se salva solo." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 5)

 

Virginia llegó a Buenos Aires por segunda vez sabiendo exactamente lo que la primera vez no había sabido. Ya conocía el precio de la otra ruta —la de los bosques de Palermo, la del Hotel Gondolín, la que un capítulo posterior de este libro habrá de narrar con el detalle que merece—. Esta vez, frente a la misma disyuntiva de siempre —"o soy prostituta, vuelvo a la droga, vuelvo al alcohol, vuelvo a la violencia en todas sus formas... o busco un puesto laboral" (Caldez, 2026, Audio 5)—, eligió distinto. No trabajo, todavía; algo anterior al trabajo, y quizás más difícil: "opté por estar, por cuidar" (Caldez, 2026, Audio 5).

Red Puentes

Ese "estar" tuvo un lugar concreto: Red Puentes, una red de casas de abordaje comunitario e integral de los consumos problemáticos y la situación de calle, perteneciente a Nuestramérica Movimiento Popular, activa en distintos puntos del país desde hace más de una década. Su método, según lo describe públicamente la propia organización, no es asistencialista sino comunitario: no se trata de rescatar a nadie desde afuera, sino de acompañar procesos, porque —en una fórmula que coincide, de manera casi literal, con la que la propia Virginia adoptaría como propia— "nadie se rescata solo" (Idealist, s.f.).

 

Virginia no llegó ahí como trabajadora. "Bueno, no trabajaba, pero, bueno, la cosa es que vivía", aclara ella misma (Caldez, 2026, Audio 5), consciente de la diferencia entre tener un empleo y tener, simplemente, un techo y una comida seguros. En ese espacio compartió cotidianidad con chicas en situación de calle, atravesadas por el consumo problemático, y con personas que cursaban padecimientos psiquiátricos severos. No describe esa convivencia como una carga sino, casi al revés, como el lugar donde por fin pudo mirarse a sí misma desde afuera: "pude encontrarme, ¿no?, yo a mí misma", dice, y agrega que fue viendo las historias de las demás —historias que sintió más fuertes que la propia— que empezó a entender que la suya, "allá, atolondrada", también podía tender puentes (Caldez, 2026, Audio 5). El nombre de la organización, en su relato, deja de ser solamente el nombre de una organización y pasa a describir, literalmente, lo que ahí sucedió.

La Mocha Celis

Paralelamente, Virginia retomó su salud mental por vía de la terapia, "amalgamada con la Mocha Celis" (Caldez, 2026, Audio 5): el Bachillerato Popular Travesti, Trans y No Binarie Mocha Celis, fundado en 2011 en el barrio porteño de Chacarita, la primera escuela secundaria travesti-trans del mundo (Bachillerato Mocha Celis, s.f.). Lleva el nombre de una activista travesti tucumana que no sabía leer ni escribir, compañera de Lohana Berkins en el barrio de Flores, asesinada en agosto de 1996 en un hecho de violencia policial que continúa impune (Alharaca, 2026). Que una escuela nacida para reparar, con el nombre de una mujer a la que el propio Estado le negó la alfabetización y después la vida, sea el lugar donde Virginia "amalgama" su reconstrucción, cierra un círculo que ninguna casualidad explica del todo: se trata, en los dos casos, de la misma comunidad sosteniendo a sus propias integrantes allí donde el Estado no llega o llega tarde.

 

La escuela no nació de una sola necesidad sino de muchas: sus propias fundadoras calculan que, para la época de su apertura, alrededor del noventa por ciento de las personas travestis y trans habían sido expulsadas de sus hogares entre los trece y los dieciocho años (Redacción, 2024). Virginia —expulsada también de su propio hogar, en la infancia narrada en un capítulo anterior de este libro, aunque en un momento que el corpus disponible no permite precisar— no es la excepción de esa estadística. Es, más bien, uno de sus casos, con nombre y con voz propia.

El cupo en Lanús

De esa reconstrucción salió, finalmente, lo que en Metán nunca había dejado de ser una tolerancia discrecional: un cupo laboral trans amparado por ley, no por el humor político de una intendencia. "Siempre busqué trabajo y encontré, en Lanús, el cupo laboral", cierra Virginia el relato de este tramo de su vida (Caldez, 2026, Audio 5). Y en el audio siguiente, de una sola frase, deja la síntesis que este libro ya adoptó como una de sus consignas centrales: "cupo laboral trans salvavida" (Caldez, 2026, Audio 6).

 

No es una metáfora. Antes de ese cupo, Virginia había descrito con toda precisión las dos rutas disponibles cuando ninguna ley sostiene a una travesti sin trabajo. El cupo de Lanús —Ley 27.636, sancionada en 2021, cuatro años antes de que Virginia lo consiguiera— fue la primera vez en su vida adulta en que la inclusión no dependió de la voluntad de un intendente en particular, sino de un derecho exigible en cualquier gestión. El capítulo siguiente de este libro retoma el hilo ahí, en Lanús, en el presente desde el que Virginia narra toda esta historia.

 

 


 

BOSQUES DE PALERMO, HOTEL GONDOLÍN

Transición y pérdidas

"Momentos que quedarán grabados en la rutina de mis ojos." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 3)

 

De la primera expulsión —la del hogar familiar, narrada sin fecha precisa en el capítulo dedicado a la infancia— Virginia salió hacia Buenos Aires. Fue su primer exilio, anterior en varios años al que protagonizaría después la salida del intendente Isa del municipio de Metán. En esa primera Buenos Aires, todavía sin ningún puesto que perder porque todavía no tenía ninguno, ocurrieron dos cosas a la vez: la transición y la pérdida.

Los bosques de Palermo

"Mi transición la hice acá en Buenos Aires", dice Virginia. "Fui, trabajé en los bosques de Palermo, [eran] tiempos de oro, donde el servicio sexual costaba 50 y 100" (Caldez, 2026, Audio 3). No llegaba sola a ese circuito ni era la primera salteña en recorrerlo: los bosques de Palermo constituyen, desde la década de 1990, uno de los territorios más estudiados de la geografía travesti-trans de Buenos Aires, y la literatura académica sobre el tema documenta que buena parte de quienes ejercieron ahí el trabajo sexual migraron desde las provincias del norte argentino, entre ellas Salta (Boy, 2015). La llegada de Virginia a ese territorio no es, en ese sentido, una anécdota aislada, sino la repetición de un circuito migratorio del que muchas otras travestis salteñas fueron también protagonistas.

 

Virginia no describe ese período con el tono de víctima que la prensa porteña de la época —y buena parte de la prensa actual— suele reservarle a las travestis migrantes en situación de prostitución. Lo describe, en cambio, como el escenario donde ella misma financió su propia transición: "vos te llegabas a tu casa la cartera llena de billetes de 50 y 100 y todo eso lo ibas guardando, acumulando para hacerte operaciones costosísimas" (Caldez, 2026, Audio 3). Y se corrige a sí misma, en el mismo audio, cuando alguien —no queda claro quién, en la transcripción— sugiere una sola palabra para nombrarla: "¿Qué activista social? Activista y militante social" (Caldez, 2026, Audio 3). La corrección no es menor: incluso en el relato de la época más dura de su vida adulta, Virginia insiste en el vocabulario de la agencia y la militancia, no en el de la mera supervivencia.

El Hotel Gondolín

"Me tocó vivir mis mejores tiempos en el Hotel Gondolín", dice Virginia, "donde así pasé con grandes amigas, amigas que están, amigas que no están" (Caldez, 2026, Audio 3). El Gondolín —sito en la calle Aráoz al 900, en el barrio de Villa Crespo, reconocible desde la calle por su fachada de un azul particular— es, como Hotel Gondolín, uno de los pocos lugares de la geografía travesti argentina cuya historia está documentada con precisión (Hotel Gondolín, s.f., en Wikipedia). Desde 1987 funcionó como una pensión de tres pisos, con habitaciones alquiladas a precios elevados y en condiciones de deterioro a trabajadoras sexuales trans y travestis. A mediados de la década de 1990, hartas de esas condiciones, las propias habitantes se organizaron y presentaron una denuncia; la inspección que motivó esa denuncia terminó clausurando el edificio, con ellas todavía adentro. En lugar de irse, lo tomaron. Desde entonces —hace ya más de veinticinco años— el Gondolín es un hotel cooperativo, autogestionado por travestis y mujeres trans, con apoyo del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social, y funciona como uno de los principales puntos de recepción para travestis que llegan del interior sin dónde vivir (Resumen Latinoamericano, 2019; Agencia Presentes, 2020).

 

Sobre esa misma historia se hizo, años después, un libro fotográfico —Hotel Gondolín, de Estefanía D'Esperies— cuyo propio autor explicó su intención con una frase que este libro suscribe por completo: "no queríamos hacer un libro en donde se busque el amarillismo... lo único que me interesó es poder mostrar su historia... desde otro lado, su lado humano" (ParipeBooks, s.f.). Que el relato de Virginia sobre el Gondolín coincida, sin haber leído ese libro ni citado a su autor, con el mismo rechazo al amarillismo que este proyecto adoptó como principio desde su capítulo de apertura, no es una casualidad menor: es, más bien, la prueba de que ese rechazo no es una ocurrencia editorial de quien escribe estas páginas, sino algo que las propias protagonistas de esta historia vienen reclamando desde mucho antes que este libro existiera.

Las pérdidas

Junto a las amigas que todavía están, Virginia nombra a las que no. "También pienso que en mi cabeza hay como un cementerio de chicas que murieron, que realmente hoy tendrían que estar vivas, que se la llevó la TC, se la llevó en unos crudos inviernos, se la llevó el alcohol, se la llevó las drogas" (Caldez, 2026, Audio 3). Dejamos registrado lo que Virginia registra: que existió cantidad de chicas muertas, que las sigue cargando, y que la esperanza de vida reducida de la población travesti-trans en la Argentina —cifra que distintos informes ubican, para buena parte de las décadas narradas en este capítulo, en torno a los 35 años (Argentina.gob.ar, 2020)— no es una estadística abstracta sino, en la memoria de Virginia, una lista concreta de caras y de nombres.

El fondo y el regreso

La misma zona que le permitió costear su transición terminó por arrastrarla también a ella. "Gracias a Dios me pude dar cuenta, este, a estar complicada ya con las drogas, con el alcohol, todo lo que ese sistema, eh, prostituyente, prostibulario, no sé cómo llamarlo, esa zona roja liberada te ofrece, que es un abanico de muchas oportunidades", dice, con una ironía amarga en esa última frase (Caldez, 2026, Audio 4). El reconocimiento llegó por su propia decisión, sin ninguna intervención externa: "yo pude decir basta, me reconocí, este, adicta, y dije: no" (Caldez, 2026, Audio 4).

 

Lo que siguió fue el regreso: "me salvó volverme a Metán, me salvó el amor de mi familia, volver a reunirme con ellos, y acá estoy con vida" (Caldez, 2026, Audio 4). Es, en el arco completo de esta biografía, la primera vez que la familia —la misma institución que protagonizó la expulsión con la que se cierra el capítulo anterior— aparece también como refugio. Este libro no va a resolver esa contradicción simplificándola: la familia que expulsó a Virginia en la infancia es, en la adultez, la misma que la recibe de regreso. Ambas cosas son ciertas, y ninguna de las dos cancela a la otra. En ese regreso a Metán, un tiempo después, Virginia tramitaría su DNI bajo la Ley de Identidad de Género y, más tarde, conseguiría el primer puesto municipal bajo la intendencia de Fernando Romeri —el punto exacto donde retoma el capítulo anterior de este libro.

 


MILITANCIA ORGÁNICA

La comunidad, Diana Sacayán y la alianza con el feminismo

"Nadie se merece el hambre." — Virginia Caldez
(Caldez, 2026, Audio 9)

 

Antes de nombrar ninguna organización, Virginia nombra una sensibilidad. "Chica de barrio. Me gusta mucho lo social. Me gusta mucho que el hermano que el otro tenga para comer. Nadie se merece el hambre", dice, y de ahí pasa, sin transición retórica, a una lectura de época: "el mundo está con hambre, hambre de hambre, hambre y hambre de justicia, de justicia social... transhomicidio, transfemicidio, cosas que no se veían antes" (Caldez, 2026, Audio 9). Este libro sostiene que ese tránsito —del hambre propia y ajena a la violencia específica contra travestis y trans— no es casual: es la misma estructura de pensamiento que después organiza su militancia orgánica, la que se narra en este capítulo.

Las que nombra

Hay un momento, en el corpus, en que Virginia deja de hablar de sí misma y empieza a nombrar a otras. Dice que necesita nombrar a las chicas de Ni Una Menos —el movimiento feminista surgido en la Argentina en 2015 en repudio a los femicidios, que rápidamente se expandió por buena parte de América Latina (Ni Una Menos, s.f.)—, a Lucy Caballero, a "las históricas", a la Mocha Celis, al Gondolín. Nombra también a Han Nair y a Jennifer López, amigas trans; a Delfín Navarro; a Marixa Acevedo, a quien llama "la abuelita del Hotel Gondolín". Lo hace, explica, porque nadie se salva solo: esas amigas le prestaron su hogar, su tiempo, su dinero, su comida, su ropa, "todo lo que un par le brinda a otro par" (Caldez, 2026, Audio 10). Y agrega, sin idealizar a su propia comunidad, que no todas las travestis son así con una. No todas.

 

Este listado de nombres propios no es un anexo sentimental a la biografía de Virginia: es, en los términos que ya estableció el capítulo dedicado a las matriarcas fundacionales, un ejercicio de historiografía militante. Frente a un Estado y un archivo que durante décadas solo registraron a las travestis como objeto de intervención policial o sanitaria, nombrar una por una a las compañeras que sostuvieron la propia vida es una forma de escribir, aunque sea oralmente, la historia que el archivo oficial no escribió.

MTA y Diana Sacayán

Virginia sitúa su propia militancia orgánica en la agrupación "MTA, movimiento Travesti Trans Argentino", donde ubica a una compañera de nombre Sherles Lescano, y dice haber conocido, en ese mismo camino, "la casa de Diana Sacayán", con quien se declara muy agradecida (Caldez, 2026, Audio 11). Menciona en el mismo sentido a la organización que Diana Sacayán efectivamente fundó y presidió: el Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación (MAL), creado en 2002, con fuerte arraigo territorial en Gregorio de Laferrere, partido de La Matanza (El1Digital, 2025; Agencia Presentes, 2025).

 

Diana Sacayán. Amancay Diana Sacayán nació en Tucumán el 31 de diciembre de 1975 y fue asesinada en su casa de Buenos Aires el 11 de octubre de 2015 (Wikipedia, s.f.). Había sido, en julio de 2012, la primera mujer trans argentina en obtener un documento nacional de identidad acorde a su identidad de género, apenas semanas después de la sanción de la Ley 26.743, de la que había sido una de las principales impulsoras a través del Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género (Cultura.gob.ar, s.f.). Impulsó también, en la provincia de Buenos Aires, una de las primeras leyes de cupo laboral trans del país (El1Digital, 2025). En junio de 2018, el Tribunal Oral en lo Criminal N.º 4 de la Ciudad de Buenos Aires condenó a su asesino calificando por primera vez en la historia judicial argentina un crimen contra una travesti como travesticidio, agravado por odio a la identidad de género (IP Noticias, 2022) —calificación que una instancia de apelación revisó parcialmente en 2020, sosteniendo la condena pero no la figura penal específica de travesticidio. Cinco años después de su muerte, su nombre quedó unido al de Lohana Berkins en la Ley 27.636, la misma ley bajo cuyo amparo Virginia consiguió, años más tarde, su cupo en Lanús.

 

Que Virginia haya "conocido la casa" de Diana Sacayán —la expresión sugiere no una relación protocolar sino un vínculo de proximidad, del mismo orden que la casa de Pocha Escobar en Salta o el hogar de su abuela Juana Farfán en la infancia— la sitúa, otra vez, en el linaje de mujeres que sostienen físicamente a otras antes de sostenerlas políticamente. De esa proximidad extrae Virginia la frase que, en este libro, ya funciona como una de sus consignas centrales: "en la calle no se vive, en la calle no se muere, en la calle se lucha" (Caldez, 2026, Audio 11).

La alianza con el feminismo

Del feminismo, y en particular de su cercanía con Ni Una Menos, Virginia extrae una sola lección que declara por encima de todas las demás: que sin las travestis no hay feminismo, porque la lucha es transversal, "entre feministas cis, mujeres cis y travas", sostenida "mano a mano y desde antaño" (Caldez, 2026, Audio 22). Y agrega una segunda enseñanza, que funciona como principio organizador de toda su práctica militante tal como se relató en este capítulo: que las luchas son colectivas, y que no les da "ni dos pesos" a las luchas personales (Caldez, 2026, Audio 22).

 

Leída en conjunto con el resto de este capítulo, esa frase final no es una fórmula retórica. Es la clave con la que Virginia organiza su propia biografía: cada pérdida, cada expulsión, cada migración narrada en los capítulos anteriores de este libro aparece, en su relato, mediada por un nombre propio de alguien que la sostuvo, y no como una hazaña individual de superación. La militancia orgánica de Virginia no empieza en una sigla: empieza en Marixa Acevedo prestándole el hogar, y termina, por ahora, en un principio político explícito —que ninguna lucha, ni siquiera la más íntima, se libra en soledad.

 

 


 

EL REGRESO Y EL CUPO LABORAL

Lanús, la Ley 27.636 y el reclamo de reparación histórica

"Nuestra venganza será llegar a viejas." — Lohana Berkins
(en Fernández Romero, 2023)

 

En Lanús, por primera vez en toda esta biografía, el reconocimiento del Estado no depende de a quién le tocó ganar la última elección municipal.

Lo que cambia con un horario

"Hoy, gracias a Dios, trabajo en la Subsecretaría de Género y Diversidades de Lanús. Puedo asistir a trabajar contenta. Estoy en continua capacitación", dice Virginia (Caldez, 2026, Audio 19). Lo que sigue en su relato no es una declaración abstracta sobre derechos, sino un inventario muy concreto de lo que ese trabajo modificó en su vida cotidiana: un salario mínimo, vital y móvil; un horario que cumplir; dormir de noche y vivir de día; relacionarse con otras personas en un marco que no es el de la calle. "Mi testimonio es que el trabajo del cupo laboral trans te cambia la vida", resume (Caldez, 2026, Audio 19). Este libro ya adoptó, desde capítulos anteriores, la frase con la que Virginia sintetiza esa misma idea: "cupo laboral trans salvavida" (Caldez, 2026, Audio 6).

La arquitectura legal del cupo

Ese cupo tiene nombre y número: Ley 27.636, sancionada el 24 de junio de 2021 y promulgada al mes siguiente, conocida formalmente como Ley de Promoción del Acceso al Empleo Formal para Personas Travestis, Transexuales y Transgénero "Diana Sacayán — Lohana Berkins". Establece un cupo mínimo del uno por ciento de los cargos del sector público nacional para personas travestis, transexuales y transgénero, además de beneficios impositivos para empleadores privados que las contraten (Fernández Romero, 2023). La ley no se limita a fijar un porcentaje: reconoce explícitamente la historia de persecución policial de la que este libro ya dio cuenta en capítulos anteriores, y por eso dispone que no puede rechazarse a ninguna postulante por tener antecedentes penales vinculados a contravenciones por travestismo o por cualquier causa ajena al puesto solicitado. Reconoce también que la mayoría de la población travesti-trans no completó la escuela secundaria, y por eso permite postularse sin ese título, con el compromiso de terminarlo una vez dentro del empleo (Fernández Romero, 2023). Es, en ese sentido, una ley diseñada específicamente para compensar, y no solo para prohibir hacia adelante, una desventaja acumulada durante décadas.

 

Esa arquitectura legal, sin embargo, dista de estar plenamente cumplida. Un relevamiento reciente en la Ciudad de Buenos Aires encontró que apenas el nueve por ciento de las mujeres trans y travestis tiene un empleo formal (Fernández Romero, 2023, con base en Ministerio Público de la Defensa). Y al ritmo de contratación que llevaba el Estado nacional hacia 2023, alcanzar el cupo pleno del uno por ciento tomaría dieciocho años (Infobae, 2023, citado en Fernández Romero, 2023). El cupo de Lanús que sostiene hoy la vida de Virginia no es, entonces, la norma consolidada de un derecho ya universalizado: es todavía la excepción que la ley promete generalizar y que la implementación real todavía no alcanzó.

"No se trata de personas gay"

Virginia tiene un reclamo específico para quienes gestionan esa implementación —"a los gobernadores, a los dirigentes, a los intendentes, a los senadores"—, y lo formula con una precisión conceptual que merece atención académica propia: pide que "le entre en la cabeza" que el cupo laboral travesti-trans "no se trata de personas gay, de personas ordinarias, sino del colectivo TTT, travesti, transgénero y transexual" (Caldez, 2026, Audio 18). Esa distinción no es un matiz semántico menor. Coincide con un reclamo constante de la literatura militante y académica producida por el propio movimiento travesti argentino, que desde Lohana Berkins en adelante insiste en que travesti es una categoría de identidad de género específicamente sudamericana, no asimilable sin más a las categorías "gay" o "trans" que circulan en otras tradiciones anglosajonas (Fernández Romero, 2023). Cuando Virginia corrige la confusión, no está pidiendo un reconocimiento simbólico adicional: está señalando que un cupo pensado para "diversidad" en abstracto, sin esa especificidad, puede terminar beneficiando a quienes ya cuentan con más capital social dentro del propio colectivo LGBT, y dejar afuera exactamente a la población travesti empobrecida y migrante del interior que la ley dice querer incluir.

Reparación histórica

El reclamo más insistente de Virginia, sin embargo, no es por más cupos sino por reparación histórica para quienes ya no están en condiciones de esperar un nuevo cupo. "Mi militancia al lado de las históricas es porque yo, si bien no vengo de esa persecución... vengo de una generación más acá, más abajo, como la cola de esa generación", dice, y agrega que en diez o quince años ella misma será una de esas compañeras adultas mayores: "la reparación que sea en vida" (Caldez, 2026, Audios 17 y 19).

 

Ese reclamo no es una idiosincrasia personal de Virginia: coincide, casi palabra por palabra, con un debate legislativo real y todavía sin resolver. Desde hace más de una década, distintas organizaciones travesti-trans argentinas vienen impulsando proyectos de reparación económica para la generación mayor del colectivo, y hacia 2023 había tres proyectos de ley distintos a consideración del Congreso de la Nación: uno dirigido a quienes puedan probar haber sido detenidas por su identidad de género bajo los viejos edictos contravencionales, y otros dos que establecen una reparación para cualquier persona travesti o trans mayor de cuarenta años bajo determinado nivel de ingresos, en reconocimiento de las múltiples formas de exclusión acumulada —expulsión familiar en la adolescencia, discriminación en la vida pública, acceso solo a modificaciones corporales clandestinas— que no se limitan a la persecución policial directa (Fernández Romero, 2023). Ninguno de los tres había sido convertido en ley hacia la fecha de esta investigación. Cuarenta años, en la Argentina, no describe habitualmente a una persona mayor; en el colectivo travesti-trans, donde la expectativa de vida histórica se ubicó durante décadas en torno a los 35 años, describe a una sobreviviente (Fernández Romero, 2023).

 

Lohana Berkins, que murió a los cincuenta, solía resumir ese mismo reclamo en una frase que hoy funciona como consigna del movimiento: "nuestra venganza será llegar a viejas" (en Fernández Romero, 2023). Virginia, treinta años más joven que esa generación fundacional, pide lo mismo con otras palabras y en presente: no venganza sino reparación, y no para cuando llegue a vieja, sino ahora, para las que todavía están a tiempo de recibirla.

Una conquista reversible

Virginia sabe, además, que ningún cupo conseguido es una conquista definitiva. Advierte contra el "pseudointendente" y el "pseudo presidente" que, dice, quieren "tacharnos", "negarnos", "derrocar todo esto" que costó tantos años conseguir (Caldez, 2026, Audio 12). Esa advertencia no es paranoia: la propia literatura especializada sobre la implementación de la Ley 27.636 documenta un cumplimiento lento, desigual y dependiente en cada gestión de una voluntad política que la ley, en el papel, ya no debería necesitar (Fernández Romero, 2023). Es exactamente la misma fragilidad que este libro ya documentó para el caso de Metán, a otra escala: la de un derecho que la letra de la ley convierte en exigible, pero cuya aplicación efectiva sigue dependiendo, en la práctica, de quién gobierne y de cuánto le importe.

 

Ahí se cierra, por ahora, el círculo que este libro abrió en su capítulo de apertura con el concepto de ciudadanía sexual. Virginia alcanzó, en Lanús, la forma más sustantiva de esa ciudadanía que esta biografía ha podido documentar. No alcanzó, sin embargo, su forma definitiva: ninguna ciudadanía sexual lo es, mientras dependa de que un cupo se sostenga, de que una reparación se apruebe, y de que nadie decida, en la próxima gestión, que ya fue suficiente.

 

 


 


 

EL ARCHIVO Y LA MÁQUINA

La disputa por la narración de sí

"No me desvíes de lo que estoy hablando, por favor, que lo quiero sintetizar y dejarlo lindo." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 13)

 

Hacia el final de la serie de audios que da origen a esta biografía, Virginia cuenta un episodio que, a esta altura del libro, ya no puede leerse como una anécdota más entre otras. "Un día, por error, le pregunté a la inteligencia artificial: ¿quién es Tiara Virginia Caldés? Y me dijo: Tiara Virginia Caldés es una chica que ha denunciado acoso, que ha denunciado esto, que ha denunciado aquello", relata (Caldez, 2026, Audio 24). Frente a esa respuesta pidió dos cosas, en el mismo aliento: que se removiera el dato, y que en su lugar se dijeran "otras cosas bonitas" (Caldez, 2026, Audio 24). Este capítulo argumenta que esa doble petición —borrar y agregar, negar y pedir otra cosa en su lugar— condensa, mejor que cualquier otro fragmento del corpus, el problema teórico central de todo este libro.

Genealogía de un archivo

Matías Máximo (2023) ha mostrado que el archivo represivo construido por el Estado argentino sobre las disidencias sexo-genéricas —fichas policiales, edictos contravencionales, prontuarios— no desapareció con la democracia ni con las leyes de reconocimiento sancionadas desde 2010: se transformó, y en buena medida se digitalizó. La pregunta de Virginia a una inteligencia artificial y la respuesta que recibió pueden leerse, en esa clave, como el episodio más reciente de una serie mucho más larga: el momento en que una travesti pregunta, o le preguntan, quién es, y la respuesta institucional privilegia sistemáticamente el registro de lo que le hicieron —denuncias, detenciones, expedientes— por sobre cualquier otro dato de su biografía.

 

Esa dinámica no es exclusiva de las poblaciones travesti-trans, aunque en ellas adquiere una intensidad particular. Safiya Umoja Noble (2018) documentó, para el caso de los motores de búsqueda comerciales y las mujeres afrodescendientes en Estados Unidos, cómo los sistemas algorítmicos no son superficies neutras sino dispositivos entrenados sobre un archivo previo —de prensa, de indexación web, de interacción de usuarios— que ya venía sesgado antes de que ningún algoritmo lo procesara. La analogía entre el caso que analiza Noble y el que protagoniza Virginia no es exacta —una trata sobre raza y la otra sobre identidad de género travesti en un contexto sociopolítico distinto—, pero la estructura del problema es la misma: un sistema que promete describir a una persona termina, en los hechos, sobrerrepresentando aquello sobre lo que existe más registro escrito, que casi nunca coincide con aquello que la persona misma considera más importante de sí. Para una travesti del noroeste argentino, lo que existe más documentado por escrito —denuncias, notas policiales, expedientes judiciales— es, casi por definición, el registro de la violencia sufrida, no el de la vida vivida.

La ciudadela de la víctima, otra vez

Este libro ya introdujo, en su capítulo de apertura, el concepto que Lara Bertolini (2023) acuñó para nombrar la operación por la cual una vida travesti queda reducida a la acumulación de agravios sufridos: la "ciudadela de la víctima". Conviene ahora precisar por qué esa reducción constituye, para Bertolini, una violencia distinta de la violencia original que documenta —no una simple continuación de ella, sino una segunda operación con su propia lógica—. La primera violencia despoja a Virginia de un trabajo, de un hogar, de una amiga. La segunda violencia, la del archivo, la despoja de la autoridad para decidir qué parte de esa historia define quién es. Es, en ese sentido, una violencia sobre la narración misma, no sobre las condiciones materiales de vida que la narración describe. Cuando una inteligencia artificial resume a Virginia en una lista de denuncias, no está mintiendo —cada uno de esos hechos probablemente ocurrió—, pero está ejerciendo exactamente esa segunda violencia: decide, en nombre de la eficiencia informativa, que lo más relevante de treinta y nueve años de vida es lo que otros le hicieron.

Una instrucción dada dos veces

Hacemos notar que Virginia ya había dado la misma instrucción antes, en un tono mucho más liviano, sin que en ese momento hubiera ninguna inteligencia artificial de por medio. En un fragmento anterior, entre risas, le pide a quien la está grabando —una periodista, según ella misma la nombra— que no la desvíe de lo que está diciendo, porque quiere "sintetizarlo y dejarlo lindo" (Caldez, 2026, Audio 13). James Scott (1990) describió cómo las poblaciones subalternas administran, incluso en el espacio aparentemente informal de una conversación entre pares, un control activo sobre lo que se dice y lo que no: lo que él llama transcripciones ocultas no son solamente lo que se dice a espaldas del poder, sino también la gestión consciente de la propia imagen frente a cualquier registro, íntimo o público. Leído junto al episodio de la inteligencia artificial, el pedido del audio 13 deja de ser una ocurrencia simpática y se revela como el mismo gesto, ensayado antes en un registro menor: Virginia lleva mucho tiempo, mucho antes de que este libro existiera, disputando activamente quién tiene la autoridad de narrar su vida.

El límite de este libro

Ese hallazgo obliga al autor de este libro a hacerse una pregunta incómoda sobre sí mismo, que Gayatri Spivak (1988) ya planteó en términos generales en el capítulo de apertura: ¿en qué medida una biografía escrita por otra persona, por más cuidadosa que sea, no termina reproduciendo la misma ventriloquia que Virginia rechazó cuando se la hizo una máquina? Este libro no tiene una respuesta cómoda para esa pregunta, y no la va a inventar. Puede decir, en su descargo, que se construye a partir de audios que Virginia grabó sabiendo su destino, y no de una extracción no consentida; puede decir que intenta, en cada capítulo, nombrar lo que no puede verificar y devolver la palabra, cuando hace falta, a la propia Virginia antes de fijar un dato sensible. Pero ninguna de esas salvaguardas resuelve del todo la asimetría de que sea quien escribe estas páginas, y no Virginia, quien decide en última instancia el orden de los capítulos, qué se cita y qué se resume, qué queda adentro del libro y qué queda afuera. Este autor no va a fingir que esa tensión se resolvió. La sostiene, deliberadamente, como el límite constitutivo de su propio proyecto.

La bisagra

Todo lo narrado hasta este capítulo —la expulsión familiar, los bosques de Palermo, la adicción, la segunda expulsión de Metán— corre el riesgo de leerse, reunido en un solo libro, exactamente como la lista que la inteligencia artificial le ofreció a Virginia: un catálogo de lo que le pasó. Este capítulo funciona, en la arquitectura de este libro, como la bisagra que impide esa lectura. Todo lo que sigue a partir de aquí —la militancia nombrada con nombres propios, el cupo conquistado, la reparación histórica reclamada en presente, el vínculo con quien escribe estas páginas— debe leerse no como una compensación posterior a la lista de agravios, sino como la prueba de que la lista nunca fue, para Virginia, el dato principal. Lo dijo ella misma, antes que ningún capítulo de este libro lo argumentara: quiere que se digan otras cosas bonitas. Este libro, en lo que le queda por narrar, se propone decirlas.

 

 


 


 

FERNANDO Y VIRGINIA

Relacionalidad y los límites de la etnografía clásica

"Nadie se salva solo." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 5)

 

El capítulo anterior cerró con una pregunta que este libro no podía seguir postergando: si esta biografía, escrita por otra persona, no corre el riesgo de reproducir, con mejores modales, la misma operación que Virginia rechazó cuando se la hizo una máquina. Este capítulo no resuelve esa pregunta —ya se dijo que no iba a resolverse—, pero le debe al lector, y sobre todo le debe a Virginia, la mayor precisión posible sobre quién es la persona que escribe estas páginas y qué relación tiene con ella.

Quién escribe

Quien escribe estas páginas es Fernando Pequeño Ragone, investigador formado en la Universidad Nacional de Salta y propietario de tierras en el departamento de Anta, donde ya se desarrolló buena parte del trabajo de campo previo a este libro. Esa doble condición —académica y de propietario rural— no se oculta ni se neutraliza en el resto de este libro, y no se oculta tampoco aquí. Ya apareció, de hecho, en el capítulo sobre la infancia de Virginia, cuando ella misma marcó la diferencia de clase entre ambas familias con una precisión que no dejaba lugar a dudas: "nosotros éramos pobres y vos eras clase media, de esos hacendados famosos" (Pequeño Ragone, 2025, citado en el capítulo sobre infancia y territorio de este libro). Esa frase no se disuelve en esta página. Se sostiene, como ya se explicó entonces, como una asimetría de origen sobre la que se construyó, después, una relación de otro tipo.

 

Hay, además, un dato biográfico de quien escribe que no puede omitirse sin faltar a la misma honestidad reflexiva que este libro exige de todo lo demás. El 11 de marzo de 1976, el entonces gobernador constitucional de Salta, Miguel Ragone —médico, peronista, el único gobernador electo de la provincia desaparecido por el terrorismo de Estado que precedió a la última dictadura militar— fue secuestrado a pocas cuadras de su casa y nunca más se supo de su paradero (Wikipedia, s.f.; El Tribuno, 2024). Miguel Ragone era mi abuelo. Consigno este dato no para equiparar dos historias que no son equiparables —la desaparición forzada de un gobernador y la violencia intrafamiliar que atravesó Virginia en su infancia pertenecen a registros distintos de daño, y este libro no va a aplanarlos en una sola categoría de sufrimiento compartido—, sino porque ambas historias comparten un mismo territorio hostil, la Salta conservadora de la que este libro habla desde su primer capítulo, y porque me parece deshonesto escribir sobre la relación entre investigador e investigada sin decir con qué historia propia llego yo a esa relación.

Relacionalidad lateral

El corpus de trabajo que precede a este libro nombra el método de esta investigación como "relacionalidad lateral": una producción de conocimiento que no desciende de investigador a investigada, sino que se produce en el intercambio entre dos trayectorias que se reconocen, cada una a su manera, heridas por la misma Salta. Donna Haraway (1988) ofrece, desde la epistemología feminista, un marco que permite precisar esa idea sin caer en un relativismo que termine disolviendo toda responsabilidad: el conocimiento, argumenta, es siempre "situado" —producido desde un cuerpo, una historia y una posición específicas, nunca desde ningún lugar neutral—, y la objetividad no se logra fingiendo no tener posición, sino haciendo explícita la propia, para que quien lea pueda evaluar desde dónde habla quien escribe. Este libro adopta ese principio de manera literal: no pretende una autoridad neutral sobre la vida de Virginia, sino una autoridad situada, declarada, y por lo tanto limitada.

 

Esa relacionalidad no empezó con este libro. Quien escribe estas páginas conoce a Virginia desde antes de que existiera ningún proyecto editorial, en un vínculo personal sostenido en el tiempo que este libro no inaugura sino que hereda. La etnografía clásica —aquella que separa con nitidez al investigador de su objeto de estudio, y que trata cualquier cercanía previa como una contaminación a controlar— no tiene, frente a un vínculo de esa naturaleza, ninguna herramienta útil. Lo que ofrece, en cambio, la tradición de la antropología reflexiva y decolonial de la que este libro ya se sirvió en capítulos anteriores —Segato (2016), DiPietro (2020)— es la posibilidad de tratar esa cercanía previa no como un problema a resolver sino como una condición de posibilidad: sin ese vínculo, sencillamente, este libro no existiría, porque Virginia no le habría dado veintiséis audios de su propia voz a un desconocido.

Lo que este libro no hace

Conviene ser explícito, para cerrar este capítulo, sobre los límites que esta relación le impone al libro, y no solamente sobre lo que habilita. Este libro no asume que la cercanía entre Fernando y Virginia disuelve la asimetría económica entre ambos, ya documentada en el capítulo sobre la infancia. No asume tampoco que esa cercanía autorice a quien escribe a interpretar, sin más mediación, el sentido último de cada episodio de la vida de Virginia: donde el corpus disponible no alcanza para sostener una afirmación con precisión —y este libro ya lo señaló varias veces, sobre la infancia rural, sobre la primera expulsión, sobre el nombre exacto de una organización militante—, la cercanía personal no sustituye a la evidencia faltante. Y no asume, finalmente, que esta relación esté exenta de la pregunta que cierra el capítulo anterior: la de si toda biografía escrita por otra persona termina, en algún punto, hablando en lugar de.

 

Lo que este libro sí puede ofrecer, a cambio, es lo que ninguna etnografía clásica podría: una relación que precede a la escritura y que, con toda probabilidad, le sobrevive. El capítulo de cierre de este libro vuelve sobre esa relación una última vez, ya no para explicarla sino para valorarla.

 


 

CIERRE

El valor del encuentro: dos soberanías que se reconocen

"Volvemos a empezar, volvemos a empezar, volvemos a empezar." — Virginia Caldez (Caldez, 2026, Audio 17)

 

Este libro no va a cerrarse. Va a terminar, que no es lo mismo. Cerrar supondría que las tensiones abiertas en cada capítulo —la asimetría de clase entre quien narra y quien es narrada, la pregunta de Spivak sobre si toda biografía habla en lugar de, la distancia entre el cupo conseguido y la ley todavía incumplida, el archivo que sobrerrepresenta el daño frente a la vida entera que lo excede— encontraron, en esta última página, una resolución que las disuelve. No la encontraron. Este libro, fiel al principio que se propuso desde su primer capítulo, no va a fabricar en el cierre la síntesis armónica que se negó a fabricar en cada uno de los capítulos anteriores.

El itinerario, otra vez

De El Crestón y la finca El Sunchal, con Juana Farfán defendiendo desde la cocina el derecho de su nieta a no salir a campear; del hogar familiar donde esa misma protección tenía un límite, y de la expulsión que ese límite terminó produciendo; de los bosques de Palermo y el Hotel Gondolín, con sus mejores amigas y su cementerio propio de nombres queridos; de Metán, donde un intendente daba lo que otro podía quitar; de Red Puentes y la Mocha Celis, donde Virginia aprendió que nadie se salva solo; de MTA y la casa de Diana Sacayán, donde aprendió que en la calle se lucha; de Lanús, donde por primera vez la inclusión dejó de depender del humor político de una sola gestión; y de la pregunta que le hizo a una máquina y de la respuesta que rechazó: de todo ese itinerario, este libro solo puede ofrecer, al final, la misma certeza con la que Virginia lo narra: que se vuelve a empezar tantas veces que volver a empezar se naturaliza, y que eso —lejos de ser una derrota— es la forma que toma, en esta biografía, la palabra soberanía.

La soberanía travesti

Lara Bertolini (2023) nombra soberanía travesti a la capacidad de un sujeto travesti de decidir sobre su propio cuerpo, su propio nombre y su propia narración, en contra de siglos de tutela médica, policial y ahora algorítmica. Este libro documentó esa soberanía en cada uno de sus ejercicios concretos: en el jugo de ucle usado como maquillaje frente a un espejo improvisado, mucho antes de que existiera ningún vocabulario político para nombrarlo; en la corrección —"activista y militante social", no solamente trabajadora sexual— que Virginia introduce sobre su propio relato en el momento mismo de contarlo; en el pedido de que no la desviaran de lo que estaba diciendo porque quería "dejarlo lindo"; en el rechazo explícito, formulado primero a una inteligencia artificial y después, sin saberlo, a este libro entero, de ser reducida a un prontuario de denuncias. La soberanía travesti que este libro documenta no es una conquista futura: ya estaba ejercida, en cada uno de esos gestos, antes de que este libro llegara a nombrarla.

La soberanía del monte

Hay una segunda soberanía que este libro reclamó, con menos evidencia testimonial directa pero con la misma convicción, desde su primer capítulo: la del territorio. Los Pozos, la finca El Sunchal, el monte que enseñó a Virginia el nombre de sus propias plantas y sus propios animales antes de que ninguna escuela le enseñara a corregir el habla de su abuela, es también, en esta biografía, un cuerpo con derecho a decidir sobre sí mismo, frente a un ordenamiento del interior salteño que sigue siendo colonial en sus efectos aunque ya no lo sea en su forma jurídica. Rita Segato (2016) mostró que el despojo sobre los cuerpos feminizados y el despojo sobre la tierra no son, en las sociedades que analiza, dos procesos separados sino uno solo, ejercido con la misma lógica sobre superficies distintas. Este libro sostiene, por lo tanto, que el reclamo de Virginia por una reparación histórica en vida y el reclamo, más silencioso pero igual de urgente, de un monte salteño que todavía espera ser tratado como sujeto y no como recurso, son dos frentes de una misma disputa por la soberanía. Ninguno de los dos frentes está saldado. Ninguno de los dos depende del otro para tener razón.

Dos personas, no una síntesis

Y hay, finalmente, la soberanía más pequeña y más difícil de nombrar en abstracto: la de dos personas concretas, Fernando y Virginia, que se reconocen sin fundirse. El capítulo anterior de este libro fue explícito sobre lo que esa relación no resuelve: no resuelve la diferencia de clase que Virginia nombró con precisión de niña —"esos hacendados famosos"— y que ningún vínculo posterior, por afectuoso que sea, puede desandar. No resuelve la pregunta de si quien escribe esta biografía, al decidir qué capítulo va primero y qué cita se deja afuera, ejerce sobre la vida de Virginia una autoridad que ninguna cercanía personal alcanza a legitimar del todo. No resuelve, tampoco, la asimetría entre una historia familiar —la desaparición de un gobernador— que el Estado argentino ya reconoció, juzgó y conmemora con placas y actos oficiales, y otra historia familiar que todavía no tiene ningún acto oficial que la nombre.

 

Que ninguna de esas asimetrías se resuelva no significa que el encuentro carezca de valor. Significa, más bien, que su valor no depende de que se resuelvan. Dos soberanías que se reconocen no son dos soberanías que se funden en una tercera cosa distinta de ambas: son dos soberanías que permanecen, cada una, enteramente ella misma, y que sin embargo deciden —Virginia grabando veintiséis audios para un proyecto que no controla del todo, Fernando escribiendo un libro que somete cada capítulo sensible a la posibilidad de la corrección y hasta del rechazo— seguir en relación. Ese acto de decidir seguir en relación, repetido audio tras audio, capítulo tras capítulo, es, en los términos más simples que este libro puede ofrecer, el encuentro. Y su valor no está en lo que resolvió, sino en que, pudiendo terminar en cualquier momento, no terminó.

Última palabra

Este libro empezó citando a Virginia diciendo que tantas veces se ha vuelto a empezar que volver a empezar ya se naturalizó. Termina de la misma manera, porque no encontró, en el camino, ninguna frase mejor. No es una conclusión armónica. Es, apenas, la constancia de que la conversación sigue abierta —entre Virginia y quien escribe estas páginas, entre Metán y Lanús, entre el archivo y las cosas bonitas que todavía faltan decir, entre el monte y la ciudad— y de que ninguna de las dos partes de esa conversación tiene, ni pretende tener, la última palabra sobre la otra.

 

 


 

APARTADO FINAL

A. Cronología

Esta cronología combina dos líneas de tiempo que el libro trató siempre como entrelazadas: la trayectoria personal de Virginia Caldez y la historia del movimiento travesti-trans argentino del que esa trayectoria forma parte. Las fechas marcadas como aproximadas lo son porque el corpus disponible no permite mayor precisión; este libro decidió, en cada uno de esos casos, dejar constancia de la imprecisión antes que inventar un dato que no tiene.

 

-        1965 — Nace Lohana Berkins (Yacuiba, Bolivia; infancia en Salvador Mazza, Salta).

-        Década de 1970-1980 — Pocha Escobar (Daysi La Mar) es referente de la primera generación travesti organizada en la ciudad de Salta.

-        1976 (11 de marzo) — Secuestro y desaparición del gobernador de Salta, Miguel Ragone.

-        1977 (aprox.) — Prohibición de la comparsa travesti "Arde París" en Salta, coincidente con el inicio de la gobernación de facto de Roberto Ulloa.

-        1983-1984 — Con el regreso de la democracia, la comparsa se reconstituye bajo el nombre Los Caballeros de la Noche.

-        1994 — Lohana Berkins funda ALITT y participa de la fundación de AMMAR.

-        1996 (agosto) — Asesinato de Mocha Celis en el barrio de Flores, Buenos Aires.

-        1998 — Muerte de Pocha Escobar (Daysi La Mar).

-        Sin fecha precisa — Nace Virginia Caldez, en el barrio El Crestón, ciudad de Salta.

-        Sin fecha precisa — Infancia de Virginia entre El Crestón y la finca El Sunchal (Los Pozos, departamento de Anta), bajo el cuidado de sus abuelos maternos, entre ellos Juana Farfán.

-        Sin fecha precisa — Primera expulsión: Virginia es expulsada del hogar familiar.

-        Sin fecha precisa (antes de 2012) — Primera migración de Virginia a Buenos Aires: transición, bosques de Palermo, Hotel Gondolín, crisis de adicción.

-        Sin fecha precisa — Regreso de Virginia a Metán ("me salvó volverme a Metán").

-        2002 — Lohana Berkins se inscribe en la Escuela Normal N.º 3; disputa con la Defensoría del Pueblo porteña el derecho a hacerlo bajo su nombre elegido.

-        2005 — Primera edición de La gesta del nombre propio (Berkins & Fernández).

-        2006 (21 de noviembre) — La Corte Suprema de Justicia de la Nación reconoce la personería jurídica de ALITT.

-        2007 — Publicación de Cumbia, copeteo y lágrimas (Berkins, coord.), dedicado a la memoria de Pocha Escobar.

-        2010 — Ley de Matrimonio Igualitario (Ley 26.618); conformación del Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género.

-        2011 — Fundación del Bachillerato Popular Trans Mocha Celis, Chacarita, Buenos Aires.

-        2012 (23 de mayo) — Sanción de la Ley de Identidad de Género (Ley 26.743).

-        2012 (julio) — Diana Sacayán, primera mujer trans argentina con DNI acorde a su identidad de género.

-        2012 (aprox.) — Virginia tramita su DNI en Metán bajo la nueva ley; el Registro Civil local limita su elección de nombre a una lista de diez opciones.

-        2014-2015 (aprox.) — Virginia consigue su primer puesto en el municipio de Metán, bajo la intendencia de Fernando Romeri.

-        2015 (11 de octubre) — Asesinato de Diana Sacayán.

-        2016 (5 de febrero) — Muerte de Lohana Berkins.

-        2018 (junio) — Primera condena en la Argentina por travesticidio, en el juicio por el crimen de Diana Sacayán.

-        2021 (24 de junio) — Sanción de la Ley 27.636, de cupo laboral trans, "Diana Sacayán — Lohana Berkins".

-        2022 (7 de febrero) — Entrevista a Virginia en el paraje de Los Pozos; continúa trabajando en el municipio de Metán.

-        2022 (14 de noviembre) — Entrevista a Juana Farfán en Los Pozos.

-        2023 (marzo, aprox.) — Cambio de intendencia en Metán (asume Isa); Virginia pierde su puesto municipal. Segunda expulsión y segundo exilio a Buenos Aires.

-        2023 (aprox.) — Virginia en Red Puentes y en proceso terapéutico vinculado a la Mocha Celis; consigue el cupo laboral trans en el municipio de Lanús.

-        2025 (28 de mayo) — Conversación de WhatsApp entre Virginia y Fernando Pequeño Ragone sobre su infancia (Juana Farfán, la finca El Sunchal, la violencia familiar).

-        2026 (13 de agosto) — Virginia graba veintiséis audios de WhatsApp para el Proyecto Diversidad, corpus primario de este libro.

-        2026 — Producción de esta biografía política.

B. Glosario teórico revisado

Ciudadanía sexual. Concepto acuñado por Cáceres, Frasca, Pecheny y Terto Júnior (2004) para nombrar la disputa por una pertenencia plena a la comunidad política que no exija la renuncia al propio cuerpo ni a la propia sexualidad. Organiza la estructura completa de este libro: exclusión, tolerancia condicionada, inclusión sustantiva e inconclusión persistente.

 

Cuerpo-territorio. Noción desarrollada por DiPietro (2020) y por Segato (2016) desde perspectivas distintas pero convergentes: el cuerpo travesti-trans, como la tierra bajo condiciones coloniales, es una superficie sobre la que se ejercen despojo y disputa. Organiza el capítulo de apertura de este libro y su cierre.

 

Soberanía travesti. Concepto de Bertolini (2023): la capacidad de un sujeto travesti de decidir sobre su propio cuerpo, su propio nombre y su propia narración, en contra de la tutela médica, policial y algorítmica. Es la categoría con la que este libro nombra, en su capítulo de cierre, lo que Virginia ejerce en cada uno de los episodios narrados.

 

Ciudadela de la víctima. También de Bertolini (2023): la operación discursiva que reduce una vida travesti a la acumulación de agravios sufridos, despojando al sujeto de la autoridad para decidir qué parte de su historia lo define. Este libro la nombra por primera vez en su capítulo de apertura y la desarrolla en el capítulo dedicado al episodio de la inteligencia artificial.

 

Relacionalidad lateral. Método de producción de conocimiento —nombrado así en el corpus de trabajo que precede a este libro— que no desciende de investigador a investigada, sino que se produce en el intercambio entre dos trayectorias que se reconocen mutuamente. Es el método explícito de este libro, desarrollado en el capítulo sobre el vínculo entre Fernando y Virginia.

 

Conocimientos situados. De Donna Haraway (1988): el conocimiento es siempre producido desde un cuerpo, una historia y una posición específicas, nunca desde un lugar neutral. Fundamenta la decisión de este libro de declarar, en lugar de ocultar, la posición de quien lo escribe.

 

Transcripciones ocultas. De James Scott (1990): el modo en que las poblaciones subalternas administran, incluso en espacios íntimos, lo que puede y no puede decirse frente a cualquier registro. Permite leer los fragmentos metadiscursivos del corpus —los pedidos de Virginia de no ser desviada del tema— como ejercicios activos de autoría.

 

El problema de hablar por. De Gayatri Spivak (1988): la advertencia sobre el riesgo de que quien pretende representar a un sujeto subalterno termine, en el mismo gesto, silenciándolo. Es la pregunta que este libro se hace explícitamente a sí mismo, sin resolverla, en su capítulo sobre el episodio de la inteligencia artificial y en el dedicado al vínculo entre Fernando y Virginia.

 

Establecidos y forasteros. De Elias y Scotson (1994 [1965]): la dinámica por la cual las comunidades pequeñas producen y sostienen jerarquías de pertenencia que la sola proximidad física no disuelve. Organiza la lectura de la cronología política de Metán.

 

Travesticidio. Categoría penal y política consolidada a partir del asesinato de Diana Sacayán en 2015 y su posterior calificación judicial en 2018 —la primera de ese tipo en la historia judicial argentina—, que nombra el asesinato de una persona travesti motivado por odio a su identidad de género.

 

Cupo laboral trans / tolerancia discrecional. Distinción central de este libro, desarrollada en los capítulos sobre Metán y sobre Lanús: la diferencia entre una inclusión laboral sostenida por la voluntad política de una gestión en particular —revocable en cualquier cambio de gobierno— y una inclusión amparada por ley, exigible independientemente de quién gobierne.

 

Reparación histórica. Reclamo político sostenido por el movimiento travesti-trans argentino desde hace más de una década, con al menos tres proyectos de ley presentados ante el Congreso de la Nación hacia 2023, ninguno todavía aprobado: una compensación económica para la generación travesti-trans mayor, en reconocimiento de una vida entera de exclusión acumulada.

C. Bibliografía consolidada (APA, 7.ª ed.)

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El Tribuno. (2022, 1 de marzo). Los Caballeros de la Noche, a la vanguardia de un reclamo social. https://www.eltribuno.com/nota/2022-3-1-0-0-0-los-caballeros-de-la-noche-a-la-vanguardia-de-un-reclamo-social

 

El Tribuno. (2023, 5 de febrero). Recuerdan a Lohana Berkins, luchadora por la diversidad. https://www.eltribuno.com/nota/2023-2-5-0-0-0-recuerdan-a-lohana-berkins-luchadora-por-la-diversidad

 

El Tribuno. (2024, 11 de marzo). Brindaron homenaje al exgobernador Miguel Ragone a 48 años de su desaparición. https://www.eltribuno.com/salta/2024-3-11-11-0-0-brindaron-homenaje-al-exgobernador-miguel-ragone-a-48-anos-de-su-desaparicion

 

El1Digital. (2025, 14 de octubre). Diana Sacayán: Historia, lucha y legado de una militante trans que hoy es bandera. https://www.el1digital.com.ar/sociedad/diana-sacayan-historia-lucha-y-legado-de-una-militante-trans-que-hoy-es-bandera/

 

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Palabras del Derecho. (2023, 21 de noviembre). Aniversario del fallo ALITT: El bien común como presupuesto democrático. https://www.palabrasdelderecho.com.ar/articulo/4649/Aniversario-del-fallo-ALITT-el-bien-comun-como-presupuesto-democratico

 

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Pasavento: Revista de Estudios Hispánicos. (2022). Autobiografía trans y política de la diferencia (Vol. 10, N.º 1). Universidad de Alcalá.

 

Pequeño Ragone, F. (2025). [Entrada de blog personal sobre la conversación de WhatsApp del 28 de mayo de 2025 con Virginia Caldez] [Falta título y URL exactos — completar antes de la versión final].

 

Rebelión. (2016, 6 de febrero). Murió Lohana Berkins. https://rebelion.org/murio-lohana-berkins/

 

Redacción. (2024, 11 de junio). Un proyecto inclusivo para terminar de estudiar: La historia de la Mocha Celis, el primer bachillerato travesti, trans y no binario del mundo. RED/ACCIÓN. https://www.redaccion.com.ar/un-proyecto-inclusivo-para-terminar-de-estudiar-la-historia-de-la-mocha-celis-el-primer-bachillerato-travesti-trans-y-no-binario-del-mundo/

 

Resumen Latinoamericano. (2019, 5 de junio). Argentina. Hotel Gondolín, la casa de las travestis y trans. https://www.resumenlatinoamericano.org/2019/06/05/argentina-hotel-gondolin-la-casa-de-las-travestis-y-trans/

 

Robles, M. (2014). Los caballeros de la noche: Carnaval, lucha, identidad y derechos [Entrevista]. Salta Noticias Info.

 

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Wayar, M. (2018). Travesti: Una teoría lo suficientemente buena. Muchas Nueces.


 

D. Mapa de la espacialidad

Cinco territorios organizan esta biografía, no como una línea recta sino como un ir y venir: de Salta al monte, del monte a Buenos Aires, de Buenos Aires otra vez a Salta, y de Salta, finalmente, a Lanús.

 

  1. El Crestón (ciudad de Salta) — Barrio de origen declarado. Territorio con el que Virginia elige nombrarse políticamente en 2026. Coordenadas aproximadas: 24°48'51"S 65°23'06"O.

 

  1. Los Pozos / finca El Sunchal (departamento de Anta, zona del Parque Nacional El Rey) — Infancia rural junto a los abuelos maternos, entre ellos Juana Farfán. Ubicación aproximada, ya que el paraje exacto no está geolocalizado con precisión en los registros disponibles. Coordenadas de referencia: 24°42'00"S 64°38'00"O.

 

  1. San José de Metán (Salta) — Trámite del DNI (2012). Primer cupo municipal bajo el intendente Romeri; segunda expulsión bajo el intendente Isa (2023). Coordenadas aproximadas: 25°29'45"S 64°58'22"O.

 

  1. Bosques de Palermo (Ciudad de Buenos Aires) — Primera migración: transición, trabajo sexual, "Tiempos de Oro". Coordenadas aproximadas: 34°34'15"S 58°25'02"O.

 

  1. Hotel Gondolín (Villa Crespo, Ciudad de Buenos Aires; Aráoz 924) — Comunidad y refugio durante la primera migración. Hotel cooperativo autogestionado desde mediados de los años 90. Coordenadas aproximadas: 34°35'46"S 58°25'53"O.

 

  1. Lanús (Buenos Aires) — Presente narrativo del libro: cupo laboral trans bajo la Ley 27.636, Subsecretaría de Género y Diversidades. Coordenadas aproximadas: 34°42'24"S 58°23'30"O.

 

Nota: existe además una versión interactiva de este mapa, generada como pieza complementaria durante la producción de este libro, con enlaces directos a cada ubicación en Google Maps. No forma parte del cuerpo del libro y queda por fuera de este documento.

 


Pendientes antes de la versión definitiva

  1. Pequeño Ragone, F. (2025) — falta título exacto y URL de la entrada de blog citada en los capítulos de infancia y de relacionalidad.
  2. "MTA, Movimiento Travesti Trans Argentino" — confirmar con Virginia el nombre exacto de la organización mencionada en el audio [11]; este libro no pudo verificarlo de forma independiente y lo dejó consignado como hipótesis en el capítulo sobre militancia orgánica.
  3. Fecha de nacimiento de Virginia y fecha de la primera expulsión — ambas quedaron sin precisar en el corpus disponible; si en algún momento se cuenta con esos datos, corresponde incorporarlos a esta cronología.
  4. Detalles no verificados sobre Pocha Escobar — lugar de nacimiento en "Yrigoyen", dirección en calle Juan Fernández, sistema de "cuaderno de almacenero": señalados en el capítulo de las matriarcas como tradición oral pendiente de confirmación con fuentes directas.

 


 


 


 

 

 

 

La Virg! Entre el monte y Lanús es una biografía política que analiza la trayectoria de Virginia Caldez mediante la intersección de estudios de género, ecología política y la teoría del cuerpo-territorio. La obra explora cómo el espacio rural salteño opera como escenario de disciplinamiento, donde la masculinidad hegemónica se construye sobre el dominio de la naturaleza y la faena animal, mandato que la protagonista subvierte desde su infancia travesti mediante la autoafirmación estética y el rechazo a lo rural convencional. El texto conecta las desigualdades de clase en el acceso al agua con las dinámicas de despojo que afectan tanto al territorio como al cuerpo travesti, estableciendo un paralelismo entre la persecución policial y la degradación ecológica. A través de un itinerario migratorio que culmina en la conquista de derechos laborales en Lanús, la obra descentra la mirada metropolitana y concluye que la reparación histórica de las sobrevivientes travestis y la defensa del monte salteño son frentes convergentes de una misma lucha decolonial, reivindicando el derecho de cuerpos y territorios a existir más allá de la lógica de explotación y desecho.

 

 

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