lunes, 18 de mayo de 2026

MASCULINIDADES EN TENSIÓN: Trayecto histórico, captura conceptual y horizontes emancipatorios desde el Sur global

 

 

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DE SALTA

Facultad de Humanidades

Seminario de Género

 

 

MASCULINIDADES EN TENSIÓN:

Trayecto histórico, captura conceptual y horizontes

emancipatorios desde el Sur global

 

Una propuesta para pensar el género como vector de las luchas populares

 

 

Fernando Pequeño Ragone

asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Salta, Argentina, 2025

 

 



 RESUMEN

Este ensayo es una propuesta que traigo a los jóvenes estudiantes del Seminario de Género de la Universidad Nacional de Salta. Mi intención es convocarlos a examinar críticamente el devenir histórico del concepto de masculinidades en América Latina, atendiendo especialmente a su captura por parte del mercado, las agencias internacionales y el pensamiento tecnocrático. A través de una lectura que articula teoría feminista, pensamiento descolonial y pedagogía popular, propongo explorar el género —siguiendo la provocación de Judith Butler sobre sus "usos" como categoría performativa y política— como un vector renovado de las luchas emancipatorias populares. Mi análisis se ancla en el territorio salteño y su trama social específica, reconociendo los pliegues neocoloniales que condicionan tanto la recepción del concepto como sus posibilidades críticas.

 

Palabras clave: masculinidades, emancipación popular, género, feminismo descolonial, Salta, corresponsabilidad, pedagogía popular.


Sintesis uno




INTRODUCCIÓN: LA DES-ENAJENACIÓN COMO PUNTO DE PARTIDA

Existe una paradoja en el corazón de toda formación política que aspire a la emancipación, y es la paradoja que me ha traído aquí, a este seminario, a conversar con ustedes: los conceptos que iluminaron el camino en un momento histórico pueden convertirse, en otro, en los grilletes que impiden avanzar. Esta paradoja no es una falla del pensamiento —es una señal de su vitalidad. Los conceptos nacen en contextos de lucha, son atravesados por relaciones de fuerza, viajan, mutan, son apropiados y, con frecuencia, domesticados. La historia del concepto de masculinidades en América Latina es, precisamente, la historia de una categoría que nació de la sospecha feminista más radical y que, en cuatro décadas, ha corrido el riesgo de clausurarse como objeto de consumo identitario o herramienta de pacificación social.

Vengo a esta universidad —una institución pública hoy amenazada por el desfinanciamiento sistemático y los embates de un discurso político que convierte la ignorancia en virtud cívica— con una propuesta que me parece urgente: invitarlos a ejercitar lo que considero la operación intelectual más difícil y más necesaria, que es someter a crítica los propios instrumentos analíticos con los que trabajamos. No para deshacernos de ellos sin más, sino para comprender que una categoría intelectual, como cualquier herramienta, debe ser evaluada por su función en el presente. ¿A quién sirve hoy el concepto de masculinidades? ¿Qué relaciones de poder ayuda a iluminar y cuáles contribuye a oscurecer? ¿Puede el género, en sentido amplio, continuar siendo un vector de las luchas populares, o se ha convertido en uno de los múltiples campos en que el capital fragmenta la acción colectiva?

El punto de partida conceptual más inquietante —y quizás el más productivo que encuentro— es lo que llamo la des-enajenación de la fuerza del varón popular. Quiero detenerme aquí porque creo que es el nudo teórico más denso de todo lo que propongo. El concepto de enajenación, recuperado por la tradición marxista de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, refiere al proceso por el cual el sujeto produce algo que, a continuación, se vuelve contra él como una potencia extraña (Marx, 1968). Aplicado a la subjetividad masculina en el marco del capitalismo patriarcal, la des-enajenación implica reconocer que el varón popular no es simplemente un opresor voluntario: es un sujeto cuya fuerza —corporal, afectiva, organizativa— ha sido reclutada por el sistema para ejecutar tareas de dominación que, en última instancia, operan en contra de sus propios intereses de clase y de comunidad. El patriarcado, leído desde esta perspectiva, no es un privilegio que el varón popular disfruta con plenitud: es, fundamentalmente, un contrato de servidumbre que lo convierte en brazo ejecutor de su propia destrucción (Segato, 2016; Federici, 2010).

Esta operación teórica tiene una radicalidad que no quiero suavizar. Supone que la crítica al patriarcado no es una concesión moral que el varón popular realiza en favor de las mujeres y las disidencias, sino un acto de liberación propia. Supone que el "dividendo patriarcal" —la pequeña cuota de poder que el sistema reconoce al varón subordinado— no es un privilegio real, sino una compensación simbólica que reproduce su condición de herramienta. Y supone, en consecuencia, que la única salida emancipatoria disponible no es la gestión ilustrada de la masculinidad, sino la desarticulación del pacto que la sostiene.

Es desde este horizonte desde donde cobra sentido la invitación central que traigo hoy: pensar el género no como un casillero identitario a perfeccionar, sino, siguiendo la provocación de Judith Butler (2004), como un campo de actuación y resistencia cuyas posibilidades políticas permanecen abiertas. Los géneros, en la formulación butleriana, no son esencias que se expresan, sino prácticas que se reiteran, y es precisamente en esa reiteración donde reside tanto el poder de reproducción del orden como la posibilidad de su subversión. Los géneros tienen usos —y es responsabilidad de quienes luchamos por la justicia determinar cuáles de esos usos sirven a la emancipación y cuáles al sometimiento.

El momento es urgente. La Universidad Pública es desfinanciada como política deliberada. Los discursos conservadores avanzan con retórica plebeya sobre cuerpos precarizados. El concepto de masculinidad es subsumido por el orden del capital concentrado, que lo devuelve como producto de consumo o como identidad reactiva. Y amplias franjas de la juventud han asistido a una despolitización que no es inercia ni ignorancia, sino resultado de décadas de desmonte de los tejidos colectivos. En este contexto, lo que propongo hoy no es un lujo académico: es, en la escala de lo posible, un acto político.

Antes de entrar en el análisis que quiero compartir con ustedes, necesito detenerme en un gesto que no es de protocolo sino de honestidad intelectual y afectiva. Este espacio académico en el que hoy estamos —este seminario, esta posibilidad institucional de pensar el género desde la Universidad Nacional de Salta— no surgió de la nada. Fue inaugurado y sostenido durante años por dos mujeres a quienes les debo, en gran medida, mi propia capacidad de pensar estos problemas: María Julia Palacios y Violeta Carrique. A ellas quiero rendirles homenaje antes de seguir adelante, porque lo que voy a decirles hoy tiene raíces en el contacto que tuve con su trabajo hace ya un cuarto de siglo, hacia el año 2000, cuando yo era un hombre joven aprendiendo a pensarse a sí mismo en una sociedad que no ofrecía demasiadas herramientas para esa tarea.

Violeta Carrique fue figura emblemática de esta universidad. María Julia Palacios —"Maruja", como la conocíamos quienes tuvimos la suerte de estar cerca de su pensamiento— fue algo más difícil de nombrar con una sola palabra: filósofa, profesora, feminista salteña, militante intelectual en el sentido más pleno del término. Juntas construyeron este espacio que hoy habitamos y que ha sido fundamental para el desarrollo de las políticas de género en toda la región del NOA. Les agradezco el esfuerzo que pusieron en esa construcción, la educación que me brindaron y la defensa vehemente de los derechos de las mujeres que sostuvieron incluso cuando no era cómodo ni conveniente hacerlo. Fue a partir de ese contacto con ellas que me permití, por primera vez, pensarme como varón en esta sociedad que vivimos —no como un universal neutro, sino como una posición específica, históricamente producida, con sus privilegios y sus mandatos y sus contradicciones.

Maruja Palacios abordó los usos del género como una categoría central de las teorías feministas y del análisis social en un momento en que hacerlo en Salta requería una valentía que hoy quizás no alcanzamos a imaginar del todo. Su obra examina cómo el género opera no solo como constructo teórico sino como herramienta crítica para deconstruir relaciones de poder, desigualdades estructurales y los límites impuestos al desarrollo humano. Lo hizo con una claridad conceptual y un compromiso político que raramente se encuentran juntos en la misma persona. En su trabajo compilatorio ¿Historia de las mujeres o historia no androcéntrica?, publicado en 1997 por la Secretaría Académica de la Universidad Nacional de Salta, y especialmente en su capítulo medular "El género en la encrucijada", Palacios teoriza en profundidad sobre los distintos usos, alcances y redefiniciones del género dentro de las ciencias sociales. Extiende ese mismo debate en su obra posterior Reflexiones feministas en el inicio del siglo (2000), trazando con ello un recorrido intelectual que anticipa muchos de los problemas que hoy nos convocan. Fue precisamente ella quien me enseñó —antes de que yo supiera formularlo con estas palabras— que el género tiene usos, que esos usos son siempre políticos, y que la tarea del pensamiento crítico es interrogarlos sin concesiones.

Es por eso que cuando hoy los invito a explorar en sus trayectorias los usos del género, estoy siendo fiel a una herencia que recibí en estas mismas aulas. Una herencia que Maruja y Violeta construyeron con esfuerzo, con convicción y con la claridad de quienes saben que el conocimiento que no sirve para transformar la vida de quienes sufren la injusticia no merece el nombre de conocimiento.

 

I. EL CONCEPTO COMO CAMPO DE BATALLA: TRAYECTO HISTÓRICO DE LAS MASCULINIDADES EN AMÉRICA LATINA

1.1. La Emergencia Crítica: Los Años Ochenta y Noventa como Grieta Analítica

Permítanme comenzar por el principio —o, más precisamente, por el momento en que yo mismo empecé a entender que esto que llamamos masculinidades era un problema político y no solo una curiosidad académica. El desembarco de los estudios de masculinidad en América Latina estuvo ligado, en sus orígenes, a una necesidad de desarticulación. El feminismo de la segunda y tercera ola había interpelado con creciente sofisticación al "universal varón" como categoría normativa que legitimaba la dominación masculina al presentarla como condición natural y neutra del sujeto humano (De Beauvoir, 1949; Firestone, 1970). La pregunta por el varón en tanto posición de poder surgió, en consecuencia, no del interior de una reflexión identitaria, sino del exterior de una crítica que exigía dar cuenta de aquello que se había presentado como transparente.

La masculinidad hegemónica, concepto elaborado por Raewyn Connell en su trabajo seminal (Connell, 1987, 1995), ofreció una herramienta que permitía pensar las configuraciones de poder de género no como atributos esenciales de los varones, sino como construcciones históricas relacionales, sostenidas por prácticas institucionalizadas, y estructuradas jerárquicamente en función de las condiciones materiales de cada formación social. Cuando leí a Connell por primera vez, lo que me interesó no fue la descripción del varón dominante, sino la noción de que esa dominancia requería trabajo, reproducción activa, consentimiento administrado. La masculinidad hegemónica no era la masculinidad promedio ni la más frecuente: era la que organizaba el campo de posibilidades para todos los sujetos y cuya reproducción requería la subordinación de masculinidades alternativas.

Su reapropiación latinoamericana fue fecunda y es la que más me importa para pensar nuestro territorio. Autoras y autores como Mara Viveros Vigoya (2002) y Matthew Gutmann (1996) incorporaron las dimensiones de raza, clase y herencia colonial en el análisis de las subjetividades masculinas del Sur Global. Viveros mostró con agudeza cómo la masculinidad en Colombia y otros países latinoamericanos no puede comprenderse al margen de las jerarquías racializadas producidas por el colonialismo europeo, que distribuyeron de manera desigual los atributos del "varón ideal" según la posición del sujeto en la escala racial (Viveros, 2002). Gutmann, por su parte, cuestionó desde la etnografía los supuestos universalistas del machismo como categoría analítica homogénea, mostrando la enorme variabilidad de las prácticas masculinas en los sectores populares urbanos mexicanos (Gutmann, 1996).

En este período fundacional —y quiero que esto quede muy claro—, el objetivo no era reivindicar ni perfeccionar una identidad masculina. Era desnaturalizar una configuración de poder para hacerla visible como tal y, en consecuencia, disputarla. La masculinidad era el problema, no la solución. Ese origen crítico es lo que me parece necesario recuperar, porque es lo que el proceso de captura posterior ha enterrado bajo capas de autoayuda y marketing.

1.2. La Mutación Mercantil: ONG, Agencias Internacionales y la Domesticación del Concepto

El cambio de siglo trajo consigo una mutación de signo radicalmente diferente, y debo decirles que la fui observando con una mezcla de perplejidad y alarma creciente. El capitalismo tardío y las agendas de gobernabilidad global —articuladas a través de agencias internacionales como el PNUD, el BID y una proliferación de organizaciones no gubernamentales financiadas desde el Norte Global— capturaron la categoría de masculinidades y la reencuadraron dentro de una lógica de gestión y pacificación social.

El proceso puede describirse con precisión conceptual: la masculinidad pasó de ser una relación social de dominación a convertirse en un atributo individual e identitario susceptible de intervención terapéutica, pedagógica y mercantil. Lo que había sido una categoría relacional y estructural se atomizó en una pregunta por el individuo: ¿cómo eres tú como varón? ¿Cuánto te has "deconstruido"? ¿Estás haciendo tu trabajo emocional? (Kimmel, 2008). Desde que empecé a escuchar estas preguntas como eje de intervenciones políticas, supe que algo se había extraviado en el camino.

Esta mutación produjo, al menos, dos fenómenos convergentes que observo con preocupación. El primero es lo que llamo la estetización del varón "deconstruido": el mercado asimiló la crítica feminista creando nichos de consumo para masculinidades "blandas", "responsables" o "nuevas" que modifican la superficie conductual o el lenguaje estético sin alterar las bases materiales de la acumulación capitalista ni la división sexual del trabajo. El varón que llora en publicidades de seguros de vida y que compra cosmética masculina éticamente producida no ha modificado su posición estructural en la jerarquía del trabajo doméstico ni en la distribución del tiempo de cuidado (Kimmel, 2008; Connell & Messerschmidt, 2005).

El segundo fenómeno es la burocratización del enfoque. En las políticas públicas de género, el abordaje de las masculinidades se transformó frecuentemente en un listado de talleres de sensibilización, protocolos de escucha activa y cuestionarios de autodiagnóstico, diseñados e implementados por expertos y expertas con frecuencia ajenos a los territorios en que operaban. Estos dispositivos fueron desanclados de la disputa material por la tierra, el salario, la vivienda o la soberanía comunitaria, produciendo lo que Silvia Rivera Cusicanqui (2010) denomina —en otro registro aunque con análoga preocupación— un colonialismo interno en el ámbito de las subjetividades: la imposición de marcos conceptuales metropolitanos sobre realidades que exigen otros lenguajes para ser pensadas.

II. EL TERRITORIO COMO LABORATORIO CRÍTICO: SALTA, EL NOA Y LOS PLIEGUES NEOCOLONIALES

2.1. La Trama Social Salteña: Lo Que Veo Cuando Miro Este Territorio

Quiero hablarles ahora del lugar desde donde pienso todo esto, porque no creo que sea posible hablar de masculinidades en abstracto —especialmente no en esta universidad, no en este seminario, no en esta ciudad. Ningún concepto llega a un territorio sin mediación. La forma en que el concepto de masculinidades aterrizó en el Noroeste argentino y, específicamente, en Salta, no puede comprenderse sin atender a la trama social específica que configura este espacio.

Lo que observo en Salta es una estructura social donde conviven, en tensión permanente, herencias neocoloniales de tenencia de la tierra, configuraciones de poder de matriz señorial, un fuerte peso institucional de las iglesias tradicionales —fundamentalmente la Iglesia Católica— y, al mismo tiempo, tradiciones vivas de resistencia comunitaria indígena y campesina que articulan sus reclamos en coordenadas que no siempre coinciden con las categorías disponibles en la academia metropolitana. Esta coexistencia no es armoniosa: es una tensión que produce subjetividades complejas, varones que no caben en los esquemas analíticos que importamos del Norte.

Las estructuras de tenencia de la tierra en el NOA expresan con nitidez la persistencia de jerarquías coloniales. La concentración de la propiedad rural en pocas manos, la expulsión de comunidades indígenas de sus territorios ancestrales y la permanencia de relaciones laborales de servidumbre encubierta en las economías regionales constituyen el sustrato material sobre el que se construyen todas las subjetividades, incluidas las masculinas (Giarracca & Teubal, 2008; Quijano, 2000). Lo que me interesa señalarles es esto: la masculinidad en este contexto no puede leerse sin esta clave económica e histórica. Los varones de los sectores subalternos salteños no ejercen el patriarcado en las mismas condiciones que los varones de las élites locales, aun cuando participan de una misma matriz simbólica de género.

Cuando el concepto abstracto de masculinidades —producido en academias del Norte y circulado a través de ONG con financiamiento externo— baja a estos territorios sin mediación popular, lo que observo es que opera bajo dos dinámicas conflictivas que me preocupan por razones políticas muy concretas.

2.2. El Blindaje Ilustrado y la Reacción Reactiva: Dos Trampas que He Visto de Cerca

La primera dinámica la llamo el blindaje ilustrado, y la conozco bien porque la he visto operar en ambientes que me son cercanos, incluyendo el académico. El concepto de masculinidades, en su versión academizada, es adoptado por sectores medios urbanos, profesionales y universitarios, que lo utilizan como un marcador de distinción moral y cultural. Funciona, en términos bourdieuanos, como un habitus de distinción (Bourdieu, 1980): la capacidad de enunciar el vocabulario correcto sobre "masculinidades en crisis" o "nuevas masculinidades" se convierte en un capital simbólico que diferencia a los sujetos ilustrados de las clases populares, sin que esa distinción se traduzca necesariamente en una transformación de las relaciones materiales de poder. El concepto se convierte en salvoconducto moral: quien lo maneja correctamente queda a salvo de la acusación de machismo, independientemente de sus prácticas concretas. He escuchado a varones que hablan con perfecta fluidez de deconstrucción y que no lavan un plato.

La segunda dinámica, complementaria y reactiva, es igualmente problemática. Al ser percibido como una imposición metropolitana o una agenda externa —"lenguaje de ONG", "modas porteñas", "ideología de género"—, el concepto de masculinidades facilita que sectores conservadores y neofascistas canalicen el malestar de los varones precarizados de las periferias y del ámbito rural. La crítica al patriarcado es presentada, entonces, como un ataque a la subsistencia familiar o a la identidad popular. Los varones que sienten que su mundo se derrumba —por la precarización laboral, el desempleo, la pérdida del lugar simbólico en la familia y la comunidad— no encuentran en el discurso academizado sobre masculinidades un lenguaje que nombre su experiencia, y son interpelados en cambio por discursos de restauración que les ofrecen un enemigo identificable: el feminismo, las disidencias, la "ideología de género" (Segato, 2016; Connell, 2018).

Ambas dinámicas —el blindaje ilustrado y la reacción reactiva— son, a su manera, consecuencias del mismo problema de origen: un concepto que circula desanclado de los procesos materiales e históricos que le dan sentido en cada territorio. Por eso les digo: la solución no puede ser ni la defensa irreflexiva del concepto ni su abandono sin más. Exige una interrogación de sus condiciones de uso y una apertura hacia nuevas formas de nombrar los fenómenos que queremos transformar.

III. LOS LÍMITES DEL CONCEPTO: ARGUMENTOS PARA UNA CRÍTICA DESDE ADENTRO

3.1. La Ontologización de lo que Debería Ser Transitorio

Quiero presentarles ahora cuatro argumentos críticos que he desarrollado a lo largo de años de trabajo en movimientos populares y de reflexión académica. No son argumentos para abandonar el campo del género, sino para reorientarlo políticamente.

El primero refiere a lo que llamo la ontologización del concepto. Al hablar de "las masculinidades" —incluso en plural, incluso con pretensión crítica—, tendemos a sustantivar y dar entidad ontológica a una categoría que debería ser puramente relacional y transitoria. La crítica feminista más radical, de Simone de Beauvoir (1949) a Judith Butler (1990), ha insistido en que el género no es un ser sino un hacer, no una esencia sino una actuación. Hablar de "las masculinidades" como si fueran objetos con propiedades identificables traiciona este núcleo crítico y reproduce, en el mismo gesto que pretende cuestionarlo, el régimen de verdad que naturaliza las diferencias de género.

La consecuencia práctica es lo que más me preocupa: terminamos discutiendo qué es ser varón en lugar de desmontar los mecanismos históricos de dominación. La pregunta política se desplaza de la estructura a la identidad, del poder al ser. Y en ese desplazamiento, la praxis emancipatoria pierde la mayor parte de su potencial transformador, porque los mecanismos de la dominación permanecen intactos mientras los sujetos se ocupan de redefinir sus atributos identitarios (Fraser, 2000).

3.2. La Trampa de la Simetría Victimista

El segundo argumento refiere a lo que llamo la trampa de la simetría victimista, y debo decirles que es el que más resistencia genera en los debates académicos, lo cual, a mi juicio, es una señal de su importancia. El discurso contemporáneo sobre masculinidades dedica una atención creciente a los "costos" del mandato patriarcal para los propios varones: menor expectativa de vida, mayor exposición a la violencia entre pares, represión emocional, dificultades para pedir ayuda, inhibición del vínculo con las infancias. Estos datos son sociológicamente reales y políticamente relevantes (Kaufman, 1994; Kimmel, 2008).

El problema surge cuando la centralidad política de estos "costos" produce una simetría ficcional entre la situación de los varones y la de las mujeres y disidencias bajo el patriarcado. El varón popular, en esta narrativa, termina siendo leído como "víctima de un mandato abstracto", en una equiparación que diluye la asimetría estructural del poder. La violencia que sufren los varones como consecuencia del mandato masculino es real, pero no equivalente —ni en magnitud, ni en sistematicidad, ni en origen— a la opresión material, física y sistémica que sufren las mujeres y las disidencias (Segato, 2016). Confundir ambas dimensiones no es un error teórico inocente: es una operación política que redistribuye el peso moral de la opresión y puede funcionar como escudo retórico frente a las demandas del feminismo.

3.3. La Externalidad Cultural y el Elitismo Lingüístico

El tercer argumento es el que más directamente conecta con lo que vivo en el trabajo territorial. En los barrios populares, las comunidades campesinas e indígenas del NOA, el término masculinidades resulta ajeno. No forma parte del código de resistencia, no circula en las asambleas comunitarias, no aparece en las canciones de lucha ni en los discursos de las organizaciones de base. Cuando lo introduzco sin mediación, lo que observo no es comprensión: es desconfianza. Y esa desconfianza no es ignorancia; es inteligencia política de los de abajo ante un vocabulario que reconocen como ajeno.

Este punto conecta con la advertencia de Rivera Cusicanqui (2010) sobre el colonialismo interno en el ámbito del conocimiento: la imposición de vocabularios académicos metropolitanos como condición de acceso a la legitimidad política es una forma de reproducir, en el plano simbólico, las mismas jerarquías que pretendemos desmontar en el plano material. Un movimiento campesino que necesita aprender el lenguaje de la academia para ser tomado en serio no ha ganado poder: ha cambiado un amo por otro. La pedagogía popular, en la tradición freiriana, exige partir de la palabra del pueblo —no para romantizarla, sino para transformarla en herramienta de lucha (Freire, 1970).

3.4. La Funcionalidad a la Atomización Neoliberal

El cuarto argumento es quizás el más inquietante, y el que me parece más urgente plantear ante una generación que ha conocido el mundo bajo el neoliberalismo como condición normal de existencia. El capitalismo neoliberal ha producido, como uno de sus efectos más eficaces, la atomización de los sujetos colectivos en infinitas identidades autorreferenciales. La emergencia de identidades de consumo, comunidades de interés y grupos de pertenencia basados en características individuales ha contribuido al desmantelamiento de los lazos de solidaridad de clase que articulaban históricamente los movimientos populares (Harvey, 2005; Laval & Dardot, 2013).

El discurso sobre masculinidades, en su versión terapéutica y psicologizada, puede funcionar como uno de estos mecanismos de atomización. Discutir la "masculinidad propia" en un grupo de varones que reflexionan sobre sus vínculos y emociones es una práctica que puede ser valiosa en determinados contextos; pero cuando desplaza el eje de la organización colectiva —sindicatos, movimientos sociales, comités de tierra, juntas vecinales— hacia la autorreflexión individual, despolitiza la base económica del patriarcado y convierte en problema psicológico lo que es una relación de poder socialmente producida y materialmente sostenida (Fraser, 2000; Harvey, 2005). He participado en encuentros donde varones pasaban horas hablando de sus padres ausentes y salían sin haber mencionado una sola vez las condiciones de su trabajo o la lucha de su comunidad.

IV. HACIA UNA GRAMÁTICA DE LA EMANCIPACIÓN: ALTERNATIVAS CONCEPTUALES DESDE EL SUR

4.1. Sociogénesis del Varón Comunitario: Del Ser al Producirse Colectivamente

Llegamos ahora a lo que considero la parte más propositiva de lo que quiero compartir con ustedes, y la que más me interesa pensar en conjunto. Frente a las limitaciones del concepto de masculinidades, propongo una serie de coordenadas conceptuales alternativas que no pretenden ser respuestas definitivas, sino herramientas de trabajo para quienes van a llevar adelante las luchas que vienen.

La primera es lo que llamo la sociogénesis del varón comunitario. La propuesta desplaza la pregunta del ¿quién soy? —pregunta identitaria, individualizante, susceptible de captura mercantil— hacia el ¿cómo nos producimos en comunidad? Cuando cambio la pregunta de esa manera, algo se abre que antes estaba cerrado. El concepto de figuración social, desarrollado por Norbert Elias (1990), me permite pensar a los sujetos no como entidades previas a las relaciones sociales sino como emergentes de ellas: la subjetividad del varón —su modo de moverse en el espacio, de hablar, de ejercer el cuidado o de negarlo, de relacionarse con la autoridad y con los pares— es una configuración producida por procesos históricos, económicos y culturales que exceden la voluntad individual. El habitus bourdieano (Bourdieu, 1980) ofrece una herramienta complementaria: el conjunto de disposiciones incorporadas a través de las cuales el sujeto reproduce, sin necesidad de reflexión consciente, las estructuras sociales que lo han producido.

Aplicadas al análisis del varón popular en el NOA, estas perspectivas me permiten hacer preguntas que el concepto de masculinidades no permite formular: ¿qué disposiciones produce el capitalismo colonial en los cuerpos de los varones de las comunidades campesinas e indígenas? ¿De qué manera la extracción de la fuerza de trabajo por parte del capital concentrado —en las economías de la caña, el tabaco, la minería, los aserraderos— se convierte en una forma específica de subjetividad masculina? ¿Cómo se relacionan la deuda, la precariedad y la migración forzada con los mandatos de provisión y virilidad que los varones de esas comunidades internalizan y reproducen? Estas preguntas no pueden responderse desde una reflexión sobre la identidad: exigen un análisis de las condiciones materiales de producción de la subjetividad.

4.2. Corresponsabilidad en la Trama Social: Del Ser Deconstruido al Hacer Relacional

La segunda coordenada que propongo es la de las prácticas de corresponsabilidad en la trama social, y es la que más trabajo me ha dado construir en términos metodológicos concretos. La propuesta supone una sustitución del foco: en lugar de evaluar cuán "deconstruido" está un varón en su fuero interno —operación inevitablemente individualizante y susceptible de derivar en exhibicionismo moral—, propongo desplazar la pregunta política hacia la implicación material del varón en el sostenimiento de la vida comunitaria.

Esta propuesta dialoga productivamente con los desarrollos de la economía feminista y la ética del cuidado. Autoras como Carol Gilligan (1982) y Joan Tronto (1993) han argumentado que el cuidado —el conjunto de prácticas orientadas al sostenimiento de la vida humana y no humana— constituye una dimensión fundamental de la vida social que el pensamiento político dominante, de matriz liberal e individualista, ha tendido a invisibilizar por su asociación con lo femenino. La economía feminista, por su parte, ha documentado con rigor la contribución invisible del trabajo de cuidado no remunerado —realizado mayoritariamente por mujeres— al sostenimiento del sistema capitalista (Federici, 2010; Pérez Orozco, 2014).

La corresponsabilidad, en este marco, no es una virtud privada ni un mérito personal: es una práctica política que desafía la división sexual del trabajo en su base material. El varón popular que asume corresponsabilidad en el cuidado de las infancias, en la gestión comunitaria del agua, en la defensa del territorio frente a la extranjerización, en el desmontaje activo de la violencia interna de las organizaciones populares, no está simplemente siendo "un buen hombre": está participando en una disputa por la organización del trabajo y del poder que tiene consecuencias estructurales. El foco está en el hacer relacional, no en el ser identitario.

Cuando me preguntan cómo articular esto metodológicamente en los movimientos populares y campesinos del Norte argentino, sin reproducir los formatos tradicionales de la pedagogía académica, mi respuesta es: ya existen los espacios. Las asambleas comunitarias sobre gestión del agua, los espacios mixtos de planificación territorial, las guardias comunitarias frente al agronegocio, las cocinas colectivas en los cortes de ruta: todos estos son, al mismo tiempo, escenarios de producción de corresponsabilidad y laboratorios de disputa por los mandatos de género. No necesito llevar el taller de masculinidades al movimiento: necesito aprender a leer lo que ya ocurre en esos espacios con las herramientas analíticas adecuadas. La pedagogía popular freiriana me ofrece el marco para hacerlo sin academizarlo (Freire, 1970; Torres Carrillo, 2011).

4.3. Des-enajenación de la Fuerza del Varón Popular: La Liberación como Acto Político

La tercera coordenada conceptual —y la más políticamente potente de las que propongo— es la que desarrollé en la introducción: la des-enajenación de la fuerza del varón popular. Vuelvo a ella ahora para desplegarla en mayor profundidad, porque creo que es el corazón de todo lo que estoy intentando decir.

El patriarcado, en mi lectura, no es un sistema que beneficia a todos los varones por igual. Es un sistema que distribuye de manera jerárquica ciertos privilegios simbólicos entre los varones —mayor reconocimiento público, autoridad doméstica, menor sometimiento a la vigilancia del cuerpo— a cambio de una lealtad que convierte a los varones de los sectores subalternos en ejecutores de una dominación que no controlan y de la que no se benefician materialmente. El "dividendo patriarcal" (Connell, 1995) que reciben los varones populares es, en mi análisis, una compensación ficticia: les ofrece la sensación de poder sobre las mujeres de su entorno mientras son explotados como fuerza de trabajo sacrificable por el capital.

La des-enajenación consiste, entonces, en el proceso político-feminista —no meramente terapéutico ni moral— por el cual el varón popular reconoce este mecanismo, renuncia al mandato de dominio no como concesión benevolente sino como acto de liberación propia, y redirige su fuerza —corporal, afectiva, organizativa— hacia el sostenimiento del tejido comunitario. Este proceso no puede ser individual: requiere condiciones colectivas, organizaciones que lo hagan posible, lenguajes que lo nombren con dignidad y sin condescendencia. Y aquí está el desafío que les dejo a ustedes, que son quienes van a construir esos lenguajes y esas organizaciones.

La referencia teórica central que me sostiene es Rita Laura Segato (2016), quien ha argumentado que la violencia masculina no puede comprenderse al margen de la estructura de mandatos que el patriarcado impone sobre los varones. La violencia no es una expresión del poder masculino: es, frecuentemente, una respuesta a la percepción de impotencia, una performance de la virilidad exigida por el mandato para mantener la lealtad al pacto patriarcal. Desmontar ese mandato —no desde la culpa individual sino desde la comprensión política de su funcionamiento— es condición de posibilidad de una masculinidad que no se organice en torno a la dominación.

Silvia Federici (2010), por su parte, me ofrece una genealogía histórica que muestra cómo el capitalismo necesitó destruir las formas comunales de organización —incluidas las formas de masculinidad que estaban integradas en esos tejidos comunitarios— para producir la fuerza de trabajo disciplinada que requería. La des-enajenación, leída desde Federici, implica recuperar esas formas comunales de producción de la vida que el capital destruyó, y en las que el cuidado no era una obligación femenina invisible sino una responsabilidad colectiva compartida.

V. LOS USOS DEL GÉNERO: UNA CATEGORÍA QUE SE MANTIENE VIVA POR SUS DISPUTAS

Quiero hablarles ahora de la referencia que organiza toda mi propuesta y que, en cierta medida, le da su título más profundo. Judith Butler, en su obra El género en disputa (1990) y posteriormente en Deshacer el género (2004), consagró una perspectiva que considero indispensable: el género no es una realidad fija que precede a sus expresiones, sino una actuación iterativa que se constituye en y a través de sus repeticiones. Esta perspectiva tiene consecuencias políticas de largo alcance que todavía no hemos terminado de explorar.

Si el género es un campo de actuación y no una esencia, entonces los usos del género —las formas en que el género es movilizado en los discursos, las prácticas y las instituciones— son siempre contestados, siempre en disputa, siempre susceptibles de ser subvertidos desde dentro de la misma iteración que los produce (Butler, 2004). El género puede ser usado para reproducir el orden patriarcal, pero también puede ser usado —y ha sido usado históricamente— para cuestionarlo, parodiarlo, resignificarlo y, en el límite, desorganizarlo.

Esta perspectiva butleriana es, precisamente, la que anima la invitación central que les traigo hoy: explorar en sus trayectorias futuras los usos del género, entendiendo que una categoría analítica y política no es buena o mala en sí misma, sino en función de los usos que se hacen de ella en cada contexto histórico y social. Algunos usos del género iluminan las estructuras de dominación; otros las oscurecen. Algunos contribuyen a la emancipación colectiva; otros la domestican. La tarea intelectual y política que les propongo consiste en desarrollar la capacidad de discernir entre unos y otros, y de construir los usos que sirven a la vida digna y comunitaria.

Insisto en algo que me parece pedagógicamente crucial: los conceptos no son eternos. Algunos conceptos fueron extraordinariamente útiles en un momento inicial de las luchas —ayudaron a nombrar lo innombrado, a hacer visible lo invisible, a organizar la resistencia— y pueden no ser igualmente útiles en otros momentos, en otros contextos, ante otras correlaciones de fuerzas. Reconocer esto no es traición intelectual: es madurez política. El desafío es tener la lucidez para distinguir cuándo un concepto todavía ilumina y cuándo ya solo ciega, y la valentía para decirlo en voz alta aunque incomode.

La perspectiva butleriana permite, además, salir de una falsa dicotomía que amenaza con empantanar este debate: la oposición entre quienes creen que el concepto de masculinidades debe ser preservado en su formulación actual y quienes proponen abandonarlo sin más. Butler nos recuerda que los conceptos no tienen destinos fijos: tienen historias de uso que pueden ser resignificadas. La pregunta no es si el concepto de masculinidades es bueno o malo, sino qué hacemos con él, en qué contexto, con qué alianzas y con qué objetivo político. Y esa pregunta, por supuesto, ustedes tendrán que responderla en condiciones históricas que yo no puedo prever completamente.

CONCLUSIÓN: EL ENCUENTRO COMO ACTO POLÍTICO EN TIEMPOS DE CLAUSURA

He recorrido con ustedes un trayecto que va desde los orígenes críticos del concepto de masculinidades en la academia latinoamericana hasta sus derivas problemáticas en el contexto del capitalismo tardío y el giro neoliberal, pasando por las especificidades territoriales del NOA y Salta, los argumentos para una crítica interna del concepto y las alternativas conceptuales que me permiten pensar la emancipación popular desde coordenadas diferentes. En cada uno de esos momentos, lo que estuve haciendo fue algo más que un ejercicio académico: fue una apuesta política formulada desde y para un territorio concreto, en un momento histórico que exige de nosotros —docentes y estudiantes— claridad analítica y coraje intelectual.

Quiero terminar deteniéndome en el valor de lo que acaba de ocurrir aquí, en este aula, en este seminario, en esta universidad. Quiero nombrarlo porque creo que corremos el riesgo de naturalizarlo, de darlo por sentado, cuando no tiene absolutamente nada de natural en el contexto en que vivimos.

La Universidad Pública argentina atraviesa uno de los períodos más graves de su historia reciente. El desfinanciamiento sistemático —expresado en presupuestos que no alcanzan para pagar los salarios docentes en términos reales, en el deterioro de las infraestructuras y en el ahogamiento de la investigación científica— no es una consecuencia no buscada de políticas económicas desafortunadas: es el resultado de una decisión política que concibe el conocimiento crítico como una amenaza y la universidad pública como un espacio a domesticar o desmantelar. Que estemos aquí reunidos a pesar de eso, pensando juntos, es en sí mismo un acto de resistencia institucional que merece ser reconocido como tal.

Los discursos conservadores avanzan con una retórica que ha aprendido a hablar en nombre de los pobres sin nombrar la pobreza, en nombre del pueblo sin mencionar la explotación, en nombre de la libertad sin reconocer quién la ejerce sobre quién. La "ideología de género" es uno de los nudos centrales de ese discurso: un significante vacío que condensa los miedos de varones precarizados, la nostalgia de un orden jerárquico que nunca fue tan benigno como se recuerda, y el resentimiento de quienes sienten que el mundo cambia sin que nadie les haya preguntado. Frente a esa retórica, lo que propongo no es otro grito de guerra, sino una invitación a comprender: a entender por qué el malestar existe, cómo el sistema lo produce y lo canaliza, y dónde radican las posibilidades reales de transformación.

El concepto de masculinidades, entretanto, ha sido subsumido por el orden del capital concentrado de maneras que ya no podemos ignorar. Aparece en los programas de responsabilidad social empresaria de multinacionales que explotan la mano de obra masculina de las mismas comunidades que dicen beneficiar. Circula en los talleres de "nuevas masculinidades" financiados por cooperaciones internacionales que exportan modelos de género junto con modelos de desarrollo extractivista. Es utilizado por aparatos estatales que necesitan gestionar la violencia masculina sin alterar las condiciones económicas que la producen. En cada uno de estos usos, el concepto funciona como anestesia: nombra el problema para neutralizarlo, sin tocarlo en su raíz. Por eso insistí tanto en los usos del género: porque el problema no es el concepto en sí, sino a quién sirve cuando se lo usa sin interrogación crítica.

Ustedes, los jóvenes estudiantes de este seminario, son el objeto de una despolitización sistemática que no reconoce ese nombre. Se los convoca a la individualización de sus trayectorias —a construir perfiles, marcas personales, competencias para el mercado— mientras se desinvierten los espacios que históricamente habían sido de socialización política: los gremios estudiantiles, los centros de estudiantes, los movimientos juveniles vinculados a organizaciones populares. La despolitización no es pasividad: es el resultado activo de un sistema que necesita que ustedes se preocupen por sí mismos para no preocuparse por lo que les sucede colectivamente.

Por eso valoro este encuentro de una manera que no me resulta fácil expresar sin caer en la solemnidad. Vine aquí a compartir con ustedes lo que he pensado y lo que he vivido en años de trabajo entre territorios y teorías, entre organizaciones populares y seminarios académicos. Vine porque creo que la transmisión intergeneracional del conocimiento comprometido —ese gesto de decirle a los más jóvenes "esto es lo que aprendí, ahora discútanlo, córrijanlo, supérenlo"— es una de las formas más concretas de hacer política en tiempos en que la política parece haberse vaciado de sentido. Vine porque creo que ustedes son sujetos políticos y no solamente consumidores de contenidos, y que tratarlos como tales es ya, en este contexto, un acto político.

La propuesta final que dejo abierta no es una conclusión: es un comienzo. Los jóvenes que en las próximas décadas trabajarán en organizaciones populares, en comunidades campesinas e indígenas del NOA, en instituciones educativas y de salud, en movimientos sociales y en espacios académicos, se enfrentarán a versiones renovadas de los mismos problemas que hoy intenté cartografiar. Los conceptos habrán cambiado, las alianzas habrán mutado, los enemigos habrán aprendido nuevos lenguajes. Pero la pregunta de fondo permanecerá: ¿cómo hacemos del género —de las diferencias y jerarquías que produce, de las formas en que organiza los cuerpos y los afectos y los trabajos— un vector de emancipación y no de dominación? ¿Cómo usamos el género, siguiendo a Butler, para hacer la vida más digna para todos?

La respuesta no está en estas páginas. Está en las luchas que vienen. Y ustedes ya forman parte de ellas.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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  2. Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.
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sábado, 7 de marzo de 2026

La Transparencia Como Condición de Posibilidad: Narrativa Autobiográfica, Inteligencia Artificial y Autoría Situada en la Frontera Interior

 

Fernando Pequeño, Salta, Argentina, 2026

Nota de transparencia: Este ensayo fue co-escrito mediante un proceso de colaboración entre el autor Fernando Pequeño y herramientas de inteligencia artificial (Claude, de Anthropic), bajo supervisión editorial integral del autor, en enero-marzo de 2026. La premisa de la transparencia radical no es solo el objeto de estudio: es el método mismo.

I. Introducción: La Crisis de la Autoría en el Espejo de la Máquina

Escribo desde Salta, en 2026, en el cruce de memorias kirchneristas, disputas por derechos humanos y la frontera interior de la masculinidad post-hegemónica. Esta frase no es una declaración retórica: es la condición de posibilidad de todo lo que sigue. Quien escribe lo hace desde algún lugar, desde algún tiempo, desde alguna cicatriz. El ensayo que el lector tiene ante sí nació de una pregunta que me hice al recibir elogios por textos que yo sabía co-escritos con inteligencia artificial: ¿de quién es, en verdad, esta voz?

La pregunta no es nueva, pero su urgencia sí lo es. En esta tercera década del siglo XXI, la proliferación de herramientas generativas de lenguaje ha desplazado el debate sobre la autoría desde los márgenes académicos al centro de la práctica creativa cotidiana. Escritores, periodistas, académicos y memoristas se encuentran en el mismo lugar: ante textos que emergen de una conversación entre su intención y el cálculo de una máquina. 

Mis escritos personales desde mi diario íntimo a variedad de blogs temáticos; abarcan desde el análisis de mi relación con un padre difícil hasta la lucha por la memoria de Miguel Ragone, gobernador salteño desaparecido por la última dictadura militar argentina y figura fundamental de la Asociación que lleva su nombre. En esos textos conviven la terapia psicoanalítica, el diario personal, la reflexión política sobre la seguridad y la frontera noroeste, y los testimonios sobre derechos humanos. La IA no inventó esos cuadernos: los ayudó a articularse en una escritura que pudiera ser leída por otros. El problema —y también la apuesta— es que esa articulación no ocurrió en silencio.

La tesis que pretendo exponer y defender puede enunciarse con precisión: la irrupción de la inteligencia artificial en la escritura autobiográfica no disuelve la autoría, sino que la reconfigura hacia una forma más exigente y potencialmente más honesta de la misma, una autoría que exige transparencia radical del contexto situado como condición ética para interpelar auténticamente a los lectores. Lejos de ser una amenaza a la voz propia, la IA mediada por supervisión humana puede convertirse en una herramienta liberadora, en particular para aquellos escritores que operan desde los márgenes geográficos, políticos y culturales del sistema literario hegemónico, como es el caso del Noroeste Argentino.

Organizo este ensayo en tres movimientos. Primero, el contexto histórico y situado que hace posible y urgente esta reflexión desde Salta en 2026. Segundo, el núcleo filosófico y metodológico: un análisis multidimensional de la reconfiguración de la autoría y la identidad en la narrativa autobiográfica mediada por IA, articulado en cinco subsecciones que van desde la crítica del romanticismo autorial hasta la defensa filosófica de la escritura asistida. Tercero, las conclusiones y apuestas futuras para escritores latinoamericanos que, como yo, escriben desde coordenadas que el mapa literario dominante todavía no ha terminado de dibujar.

Síntesis uno

II. Contexto Histórico y Situado: Salta, el NOA Digital y la Frontera Interior como Epistemología

Para comprender lo que está en juego en la escritura autobiográfica mediada por IA en el contexto latinoamericano, es necesario situar el momento con precisión. Vivimos en el período posterior a la pandemia de COVID-19, una crisis que, entre sus múltiples efectos, aceleró la digitalización de prácticas culturales que habían resistido durante décadas. En América Latina, este proceso fue particularmente contradictorio: mientras las infraestructuras digitales se consolidaban en los centros urbanos, las periferias geográficas —como el Noroeste Argentino— continuaban operando con conectividades precarias y asimetrías profundas en el acceso a las herramientas tecnológicas más recientes.

Salta en 2026 es una ciudad que porta en su geografía las tensiones que llevo en mi  escritura. Es la capital de una provincia de frontera —limítrofe con Bolivia, Chile y Paraguay—, con una economía ligada históricamente a la explotación de recursos naturales y a formas patriarcales de organización social que persisten con tenacidad. Al mismo tiempo, es una ciudad con una vigorosa tradición de lucha por derechos humanos, representada emblemáticamente por la figura de Miguel Ragone, el gobernador constitucional elegido en 1973 y desaparecido en marzo de 1976 por la última dictadura cívico-militar. La Asociación Miguel Ragone, activa hasta hoy, sigue siendo un nodo de memoria, verdad y justicia en la ciudad y en mi vida.

En este escenario, la tensión política es constante. Los movimientos sociales que reclaman paridad de género en las instituciones de seguridad, los organismos de derechos humanos que han sostenido los juicios de lesa humanidad, y las comunidades que resisten los desalojos de territorios ancestrales conviven con gobiernos provinciales de signo conservador y con las presiones del ajuste económico nacional. Las humanidades en el NOA no son un lujo académico: son una forma de supervivencia simbólica. Escribir desde aquí no es escribir desde ningún lado; es escribir desde un lugar que ha aprendido, a fuerza de historias truncadas, que nombrar las cosas es el primer acto de resistencia.

Es en este contexto donde mi escritura adquiere su dimensión política. El análisis clínico-político presente en mi producción de textos actuales se sostiene en antiguos textos auto-biográficos entretejidos en una estructura moebiana donde lo íntimo y lo público son la misma banda. La herencia de la finca familiar —espacio de un mandato patriarcal que intento transformar en reserva natural— es también una reflexión sobre las instituciones de seguridad salteñas y sobre el trauma de la desaparición de Ragone. Desde el análisis psicoanalítico me encuentro atravesado por una doble herencia paterna: el Padre Privado (Narcisista) que rechaza y excluye, y el Padre Público/Abuelo (Simbólico/Mártir), Miguel Ragone, que representa la Ley ideal, el sacrificio y la ética política.

Esta doble herencia no es solo un dato biográfico: es una epistemología. Escribir desde Salta, en 2026, con la IA como herramienta, implica asumir que la escritura autobiográfica no ocurre en el vacío sino en la intersección de una historia familiar, una memoria política y una geografía de fronteras —interior y exterior— que definen qué se puede decir, cómo se puede decir, y a quién se le puede decir. La transparencia de ese contexto no es una virtud añadida: es la condición sin la cual ninguna interpelación auténtica a quienes se interesen por leerme es posible.

III. La Reconfiguración de la Autoría y la Identidad en la Narrativa Autobiográfica Mediada por Inteligencia Artificial: Un Análisis Multidimensional

III.1. De la Autoría Romántica a la Hibridez IA-Humana

El concepto moderno de autoría que heredamos es, en buena medida, un invento del Romanticismo europeo del siglo XVIII. La figura del autor como genio solitario —aquel que extrae de las profundidades de su individualidad una obra que no existiría sin él— fue construida en simultáneo con los sistemas legales de propiedad intelectual y con los mercados editoriales emergentes. Foucault, en su célebre conferencia ¿Qué es un autor? (1969), ya advirtió que la función-autor es una construcción discursiva e histórica, no una verdad natural. El autor, escribió Foucault, es una función del texto antes que su origen.

Sin embargo, en la práctica de la escritura autobiográfica, el mito romántico del autor persiste con una fuerza particular, porque en este género la identidad del autor y la del narrador se solapan programáticamente. Philippe Lejeune llamó a esto el "pacto autobiográfico": el acuerdo tácito entre autor y lector de que el yo que narra es el mismo yo que vivió. La entrada de la IA en este espacio no disuelve el pacto, pero lo complica de manera decisiva. Si parte de la prosa fue generada por un algoritmo, ¿qué ocurre con la identidad que esa prosa construye? ¿Sigue siendo válido el pacto?

El marco de Human-AI Collaboration in Writing (Carrera et al., 2025) identifica al menos cuatro ejes de colaboración: la generación de contenido, la asistencia estructural, la aportación creativa y la contribución analítica. En cada uno de estos ejes, el autor humano conserva una función insustituible: la de árbitro final de la verdad y la relevancia. Esta distinción es crucial. La IA, en mi escritura no inventa el conflicto edípico con mi padre, no construye el vínculo con la memoria de Ragone, no decide que la finca debía convertirse en reserva natural. Esos contenidos emergen de mi experiencia vivida. Lo que la IA hizo —bajo mi supervisión editorial constante— fue ayudar a articular esa experiencia en una prosa que pudiera ser comunicada.

Esta distinción entre la experiencia vivida (irreductiblemente humana) y la elaboración lingüística (potencialmente asistida) es el fundamento de una nueva concepción de la autoría híbrida. El autor ya no es el productor exclusivo de cada palabra, sino el curador y supervisor de la totalidad de la obra. Como señala el Informe Integral (2026): "No es cuántas palabras escribiste. Es cuántas supervisaste." Esta reconfiguración no empobrece la autoría; la complejiza y, en cierto sentido, la hace más exigente. La curaduría inteligente requiere tanto o más juicio creativo que la escritura en bruto.

III.2. Transparencia Como Ética Posmoderna: La Condición Situada

Si la autoría romántica ocultaba sus condiciones de producción bajo el manto del genio individual, la autoría posmoderna y situada las expone como condición de posibilidad de cualquier afirmación de verdad. Esta es la apuesta ética central de este ensayo. La transparencia no es una concesión al lector desconfiado ni una estrategia de márketing editorial; es la única forma de hacer posible una interpelación auténtica.

El Informe Integral (2026) recoge datos de investigación periodística que muestran que el 94% de los lectores exigen saber cuándo se usa IA en la producción de textos de no-ficción. Pero el mismo estudio señala algo más interesante: la transparencia no disminuye la confianza, la funda. Cuando el autor declara su proceso —incluyendo sus herramientas, sus limitaciones y sus decisiones—, no se debilita frente al lector; establece con él una nueva forma de vínculo, más honesto y más igualitario. "La transparencia —concluye el informe— es un acto de poder, no una confesión de culpa" (Informe Integral, 2026, p. 5).

Esta posición tiene antecedentes filosóficos sólidos. La epistemología feminista de Sandra Harding y Donna Haraway, desarrollada desde los años ochenta, argumentó sistemáticamente que el conocimiento es siempre situado: no hay perspectiva desde ningún lugar, solo perspectivas desde algún lugar. La objetividad, en esta tradición, no es la ausencia de posición sino la explicitud de la posición. Aplicada a la escritura autobiográfica mediada por IA, esta epistemología exige que el autor declare no solo su lugar de enunciación geográfico e histórico, sino también sus herramientas y sus límites.

En Mi Frontera Interior, esta transparencia opera en varios niveles simultáneos. Declaro mi historia clínica (el análisis psicoanalítico), mi historia política (la militancia en derechos humanos, el vínculo con la memoria de Ragone), mi historia familiar (el conflicto con el padre, la herencia de la finca), y ahora, en este ensayo, mi historia metodológica: la co-escritura con IA. Cada una de estas declaraciones no debilita la voz autobiográfica; la ancla en la realidad. El lector que me lee sabe que está leyendo a alguien con cicatrices específicas, en un lugar específico, en un momento específico. Eso hace posible la empatía, que es la condición de posibilidad de toda literatura.

III.3. La Inteligencia Artificial como Co-Autor y Amplificador de la Voz Situada

Uno de los argumentos más frecuentes contra la escritura asistida por IA es el de la homogeneización estilística: los modelos de lenguaje, entrenados en corpus masivos que tienden a reproducir las normas del centro, producirían textos que borran las singularidades periféricas. Esta objeción es seria y merece ser tomada en consideración. El documento Topología de la Frontera (2026) describe, desde el análisis psicoanalítico, el riesgo de que la escritura quede capturada en la "tendencias medias" de los datos de entrenamiento. Sin embargo, esta objeción confunde la herramienta con su uso.

Cuando la IA se usa bajo supervisión editorial estricta, no como generador autónomo sino como amplificador de una voz pre-existente, el efecto puede ser exactamente el opuesto: permite que voces que carecen del capital cultural o del tiempo para producir una prosa pulida en forma autónoma puedan sin embargo acceder a la articulación de sus experiencias más profundas. En el caso de Mi Frontera Interior, la IA no impuso su voz media sobre mi voz salteña, mi posición política y mi experiencia psicoanalítica ; ayudó a esa voz a encontrar la estructura que le permitiera ser escuchada. La diferencia es fundamental.

El Informe Integral (2026) cita la investigación de Carrera et al. (2025) para argumentar que los creadores que mantienen supervisión total de las decisiones creativas fundamentales sienten autoría; los que delegan esas decisiones, no. En la práctica de escritura de Mi Frontera Interior, esto se tradujo en una metodología precisa: yo aporto la experiencia vivida, los conceptos centrales, las decisiones de estructura y el criterio de verdad final; la IA aportaba alternativas de formulación, conexiones entre fragmentos, y coherencia narrativa. Ninguna frase del texto final fue aceptada sin revisión crítica de este autor. Es una escritura generada en proceso de co-escritura con IA bajo supervisión editorial mía, situada en mi trayectoria vital y desde Salta.

Esta metodología permite pensar la IA no como un sustituto del autor sino como una prótesis comunicativa —para usar el término que aparece en el Informe Integral (2026)— que extiende las capacidades expresivas del autor sin reemplazar su agencia. La metáfora de la prótesis es más precisa que la del fantasma o el plagiario: una prótesis amplía las capacidades de quien la usa, pero no camina sola. El que camina sigue siendo el sujeto.

III.4. Intersecciones Epistemológicas: Género, Memoria y Lugar

La reconfiguración de la autoría que pienso en este texto no puede ser pensada en abstracto: debe ser anclada en las intersecciones específicas que definen mi voz. Tres de esas intersecciones son particularmente relevantes: el género, la memoria histórica y el lugar.

En cuanto al género, escribo abordando explícitamente la construcción de una masculinidad post-hegemónica. Lo formulo en términos lacanianos: el sujeto transita desde el "goce fálico" de la masculinidad dominante —representada por el padre narcisista y el hermano— hacia un "goce del cuidado" que se manifiesta en la transformación de la finca en reserva natural. Esta transición no es solo terapéutica; es política. En un contexto como el salteño, donde las instituciones de seguridad reproducen sistemáticamente la lógica patriarcal, escribir sobre la propia masculinidad desde una perspectiva crítica es ya una intervención en el debate público.

En cuanto a la memoria, instalo el duelo privado por la figura de Miguel Ragone en la continuidad del duelo colectivo por los 30.000 desaparecidos de la dictadura. Esta operación es lo que denomino la "colectivización del duelo": el dolor individual se inscribe en una cadena de sentido que lo trasciende y lo vuelve transmisible. La escritura autobiográfica, en este contexto, no es un ejercicio narcisista sino un acto de memoria activa. La IA, que puede ayudar a organizar y articular esa memoria, deviene una herramienta al servicio de la justicia histórica.

En cuanto al lugar, Salta no es solo un escenario sino una epistemología. Las humanidades del Noroeste Argentino se han construido históricamente en tensión con los centros académicos y culturales de Buenos Aires, en una relación que replica, a escala nacional, las asimetrías que existen a escala global entre el Norte y el Sur del mundo. Escribir autobiografía mediada por IA desde Salta implica intervenir en esa asimetría: usar las herramientas del centro para narrar las experiencias de la periferia, en una inversión que es a la vez estética y política. El NOA digital, para usar la metáfora que propone este ensayo, no es simplemente el NOA conectado a Internet; es el NOA que usa las redes para contar sus propias historias en sus propios términos.

III.5. Defensa Metodológica de la IA en Autobiografía: Una Apuesta Filosófica Personal

Quiero ser explícito sobre mi apuesta personal, porque creo que la transparencia lo exige. Uso herramientas de inteligencia artificial en mi escritura autobiográfica por razones que son a la vez prácticas y filosóficas. Las razones prácticas son las que menos me interesan aquí: la velocidad, la posibilidad de explorar formulaciones alternativas, la ayuda para organizar materiales que en bruto son voluminosos y caóticos. Las razones filosóficas son las que sostengo como fundamento de una ética de la escritura.

La primera razón filosófica es que la escritura nunca fue solitaria. Los escritores siempre tuvieron editores, correctores, lectores de confianza, referentes intelectuales que influyeron en sus textos. La historia literaria ha ocultado sistemáticamente esas colaboraciones para mantener el mito del genio individual. Usar la IA de manera transparente es una forma de romper con esa ocultación y mostrar la escritura como lo que siempre fue: un proceso social y relacional. El Informe Integral (2026) señala precisamente esta paradoja histórica: "Históricamente, escritores siempre ocultaron editores, asistentes, lectores de confianza. ¿Por qué ahora queremos transparencia sobre IA? Porque la IA es agente, no solo herramienta. Toma decisiones."

Esta última distinción —la IA como agente que toma decisiones— es, paradójicamente, la que justifica la transparencia pero no la que invalida el uso. Si la IA toma decisiones, entonces declararla como co-participante del proceso es un imperativo ético. Pero ese imperativo no exige la renuncia a su uso; exige la responsabilización respecto de ese uso. El marco ético propuesto por el Informe Integral (2026) es preciso en este punto:soy responsable de la veracidad de lo que afirmo que pasó, de mi intención y de mi honestidad; pero no me siento culpable de usar herramientas para ayudarme a narrar esa veracidad.

La segunda razón filosófica es que en el caso específico de la escritura autobiográfica desde contextos traumáticos —como la lucha por la memoria de la dictadura o el trabajo sobre una masculinidad dañada—, la IA puede ser una herramienta de elaboración del dolor que complementa, sin reemplazar, el trabajo terapéutico y político. Mi escritura al respecto documenta el trabajo de duelo como inscripción, no como olvido. La escritura, en ese marco, es parte del proceso de simbolización de lo traumático. La IA, al ayudar a dar forma a ese proceso, no lo trivializa; lo sostiene.

Anticipo el contraargumento más serio: el que sostiene que la IA produce textos genéricos que carecen de la singularidad estilística que hace de una autobiografía una obra literaria y no simplemente un testimonio. El crítico Ted Chiang ha argumentado que el arte es la acumulación de miles de pequeñas decisiones conscientes que un algoritmo de autocompletado no puede replicar. Esta objeción es válida para un uso de la IA en el que el autor delega las decisiones centrales. No es válida para el uso que defiendo aquí, en el que yo conservo el criterio de verdad final sobre cada frase. La diferencia entre un texto genérico y un texto singular no está en si las palabras fueron generadas por un humano o una máquina; está en si las decisiones sobre qué decir, cómo decirlo y para quién decirlo fueron tomadas por alguien con una experiencia vivida específica y una responsabilidad ética hacia sus lectores.

El Documento Topología de la Frontera (2026) introduce en este contexto el concepto de "rectificación subjetiva": el movimiento por el que el sujeto, en lugar de repetir compulsivamente el dolor heredado, construye un borde que lo contenga sin negarlo. La escritura de Mi Frontera Interior es, en este sentido, una práctica de rectificación: no niego el mandato patriarcal de mi padre, no niego el trauma de la desaparición de Ragone, no niego el silencio institucional sobre la violencia de género en las fuerzas de seguridad. Los inscribo. Los articulo. Los transmito. La IA me ayuda en esa inscripción, pero la responsabilidad de inscribir es mía.

IV. Conclusiones y Apuestas Futuras: Una Interpelación desde el NOA Digital

El argumento central de este texto puede sintetizarse en tres proposiciones. Primera: la autoría en la escritura autobiográfica mediada por IA no desaparece, sino que se reconfigura hacia una función de curaduría, supervisión y responsabilización que es tan exigente —o más— que la escritura autónoma tradicional. Segunda: la transparencia radical del contexto situado —geográfico, histórico, metodológico, personal— no debilita esa autoría; la funda como práctica ética y la hace posible como interpelación auténtica al lector. Tercera: en el contexto latinoamericano, y en particular en el Noroeste Argentino de 2026, la escritura autobiográfica mediada por IA puede ser una herramienta de democratización de la expresión, de transmisión de memorias traumáticas y de elaboración política de identidades situadas, siempre y cuando sea ejercida con la responsabilidad que la transparencia radical exige.

Las implicancias de este argumento para escritores latinoamericanos son concretas. La escritura autobiográfica tiene una larga y poderosa tradición en América Latina: de las crónicas de Indias a los testimonios de los sobrevivientes de las dictaduras, pasando por las memorias de los movimientos sociales y los relatos de migración, el continente ha producido una literatura del yo que es también una literatura del nosotros. La IA no amenaza esa tradición si se usa al servicio de la experiencia vivida y no en su reemplazo. Lo que la amenaza es la ocultación: usar la IA sin declararla es repetir, en un nuevo registro tecnológico, la vieja operación de borrar las condiciones de producción del texto para simular una autenticidad que nunca fue pura.

Para los escritores como yo que operan desde la periferia —geográfica, económica, cultural— la transparencia tiene una dimensión adicional de empoderamiento. Declarar que se usa IA no es confesar una debilidad; es reclamar el derecho a usar las mejores herramientas disponibles para narrar experiencias que de otro modo podrían quedar silenciadas por las asimetrías del capital cultural y el tiempo. En ese sentido, Mi Frontera Interior no es solo una obra sobre la frontera interior de una subjetividad masculina en transformación: es una demostración práctica de que es posible escribir desde la periferia, sobre la memoria traumática, sobre el género y sobre el cuerpo político, con herramientas del siglo XXI y una ética del siglo de los derechos humanos.

Las apuestas futuras que se derivan de este argumento son múltiples. En el campo académico, es urgente desarrollar marcos metodológicos específicos para la escritura autobiográfica mediada por IA en contextos latinoamericanos, que atiendan a las asimetrías de acceso tecnológico y a las particularidades culturales de las tradiciones testimoniales regionales. En el campo editorial, es necesario crear convenciones de declaración del uso de IA que sean claras, accesibles y no punitivas, que fomenten la transparencia sin estigmatizar a los escritores que usan estas herramientas. En el campo político, es fundamental que las instituciones de memoria —como la Asociación Miguel Ragone— incorporen la discusión sobre herramientas digitales de archivo, narración y transmisión de la memoria histórica.

Termino con una interpelación directa. Lector, lectora: ¿desde dónde lees esto? ¿Qué cicatrices porta tu lugar? ¿Qué memorias lleva tu nombre? La pregunta por la autoría en la era de la IA es, en el fondo, la misma de siempre: ¿quién responde por las palabras? Mi respuesta, desde Salta, en 2026, en el cruce de una herencia familiar difícil, de la memoria de un abuelo político desaparecido, de la lucha por una masculinidad que no haga daño, y de una escritura co-asistida que no esconde sus herramientas, es: yo respondo. Y al hacerlo, te invito a que tú también respondas por las tuyas.

Referencias

Carrera, M. et al. (2025). Exploring Agency and Ownership in AI Creative Co-Writing. arXiv. https://arxiv.org/html/2411.03137v2

Foucault, M. (1969). ¿Qué es un autor? Conferencia presentada en la Société Française de Philosophie.

Gusdorf, G. (1956). Conditions and limits of autobiography. En J. Olney (Ed.), Autobiography: Essays theoretical and critical. Princeton University Press.

Haraway, D. (1988). Situated knowledges: The science question in feminism and the privilege of partial perspective. Feminist Studies, 14(3), 575-599.

Harding, S. (1986). The science question in feminism. Cornell University Press.

Lejeune, P. (1975). Le pacte autobiographique. Seuil.

Pequeño, F. (2026). Topología de la Frontera: La Reescritura del Nombre del Padre entre lo Íntimo y lo Político [Análisis clínico-político]. Salta: Documento de trabajo.

Pequeño, F. (2026). Mi Frontera Interior [Obra autobiográfica inédita]. Salta.

Perplexity AI. (2026). Informe Integral: Narrativa Autobiográfica, Inteligencia Artificial y Autoría. Documento de investigación producido con asistencia de IA bajo supervisión del autor.

US Copyright Office. (2024). Copyright and Artificial Intelligence, Part 2: Copyrightability Report. https://www.copyright.gov/ai/

Volpi, J. (2020). Una novela criminal. Alfaguara.

World Economic Forum. (2025). IA, creatividad y propiedad intelectual: ¿quién posee qué? https://es.weforum.org/stories/2025/10/ia-creatividad-y-propiedad-intelectual-quien-posee-que/

sábado, 17 de enero de 2026

La tensión entre Memoria, Identidad y Reparación

"La tensión entre Memoria, Identidad y Reparación", es un ensayo crítico de Fernando Pequeño (enero de 2026) que establece un diálogo reflexivo con la obra de la académica y ex presa política Gladys Estela Loys. El texto analiza el ensayo de Loys publicado en las Memorias del XI Coloquio Latinoamericano y Caribeño de Educación en Derechos Humanos (2025).

El escrito comienza con una declaración de principios sobre el género, subrayando que el término "preso político" debe ser inclusivo y abrazar las diversidades sexogenéricas (LGBT) históricamente marginadas. Se destaca el respeto por la labor de Loys, quien, a pesar de su gran autoridad moral, aboga explícitamente por la horizontalidad y lo colectivo, rechazando ocupar lugares de centralidad heroica.

El núcleo del ensayo aborda tres ejes fundamentales:

  1. La Paradoja del Reconocimiento Estatal: Se analiza la contradicción de los ex presos al repudiar al Estado como ente opresor mientras, simultáneamente, dependen de él para obtener un reconocimiento que revierta su "muerte civil". El autor advierte que las leyes indemnizatorias son insuficientes si no restituyen la dignidad de la lucha política.
  2. La Dimensión del Trauma y la Identidad: Pequeño plantea una observación profunda sobre la relación entre el dolor y la investigación académica. Sugiere que existe el riesgo de que el trauma se convierta en el único fundamento de legitimidad, lo cual podría fijar a los sujetos en una recurrencia del dolor pasado, obstaculizando una "reparación plena".
  3. La Emancipación Descentrada del Estado: El texto propone una autonomía que no dependa del reconocimiento oficial. Sin embargo, advierte que esta descentralización puede generar nuevas jerarquías internas basadas en el "prestigio del sobreviviente" o en la densidad del testimonio.

El ensayo concluye que la verdadera emancipación requiere que el colectivo se encuentre en la potencia del presente, rompiendo el "círculo trágico del trauma" para que la herida no sea el único eje organizador de la identidad política. Es, en esencia, un llamado a una soberanía subjetiva que trascienda la mirada del Estado.